**Capítulo 1: El Silencio que Quema**
La casa estaba en calma, un silencio pesado que parecía gritar en cada rincón. Bianca, con su pelo castaño corto cayendo justo por encima de los hombros, ajustaba sus lentes mientras fingía leer un libro en el living. Su ropa modesta, una remera holgada y un jean gastado, escondía las curvas que solo unos pocos ojos habían descubierto. Sus tetas grandes y redondas se marcaban apenas bajo la tela, y ella lo sabía, aunque nunca lo admitía. A sus 19 años, era un enigma: tímida, dulce, pero con un fuego que ardía en secreto.
Thiago entró al living con ese aire despreocupado que siempre lo acompañaba. Pelo oscuro, un poco despeinado, alto y delgado, con una sonrisa que parecía prometer problemas. A sus 22, era el hermano mayor que siempre había cuidado de Bianca... hasta que cuidar se transformó en algo más. Algo prohibido. Algo que los dos sabían que estaba mal, pero que no podían parar.
—¿Qué lees, Bian? —preguntó Thiago, apoyándose en el marco de la puerta, con una ceja arqueada y una mirada que no tenía nada de inocente.
—Nada que te importe, boludo —respondió ella, sin levantar la vista del libro, aunque sus mejillas ya estaban empezando a teñirse de rojo. Sabía lo que venía. Siempre lo sabía.
Thiago se acercó, lento, como un depredador que no tiene prisa. Se sentó al lado de ella en el sillón, tan cerca que Bianca pudo sentir el calor de su cuerpo. El aroma de su colonia, mezclado con algo más crudo, más animal, le pegó directo en los sentidos.
—Siempre tan cortante, hermanita. ¿No te cansas de hacerte la dura? —dijo él, con una voz baja, casi un susurro, mientras su mano se deslizaba disimuladamente por el respaldo del sillón, rozando apenas el hombro de Bianca.
Ella cerró el libro de golpe y lo miró, sus ojos detrás de los lentes brillando con una mezcla de bronca y deseo. —No me jodas, Thiago. Sabés que no deberíamos... —Pero su voz tembló, traicionándola.
—¿Que no deberíamos qué? —la interrumpió él, inclinándose más cerca, su aliento caliente contra el cuello de ella. —Decime, Bian. ¿Que no deberíamos acordarnos de cómo te temblaban las piernas la última vez? ¿O de cómo me pedías que no pare?
Bianca apretó los labios, pero no pudo evitar que un calor húmedo empezara a crecer entre sus piernas. Era una lucha constante: la culpa la carcomía, pero el deseo la dominaba. —Sos un hijo de puta —murmuró, aunque su cuerpo ya se estaba inclinando hacia él, como si tuviera vida propia.
—Y vos una hipócrita, amor. Pero mirá cómo estás, ya toda colorada. ¿Querés que pare? Decímelo ahora —dijo Thiago, su mano deslizándose por la cintura de ella, apretándola con una mezcla de ternura y urgencia.
—No seas pelotudo. Sabés que no puedo —respondió Bianca, su voz cargada de frustración y lujuria. Lo empujó un poco, pero solo para mirarlo a los ojos, para desafiarlo. —Si nos agarran, estamos en el horno. Mamá vuelve en cualquier momento.
—Entonces vamos a tener que ser rápidos, ¿no? —Thiago sonrió, esa sonrisa de mierda que siempre la desarmaba. Sin esperar respuesta, la levantó del sillón con una facilidad que la hizo jadear, y la llevó contra la pared, fuera de la vista de la ventana principal. Sus manos ya estaban bajo la remera de Bianca, explorando la piel suave y caliente de su espalda, bajando hasta el borde de su jean.
—Sos un enfermo, Thiago —dijo ella, pero su tono era más un gemido que una queja. Sus propias manos traicioneras se aferraron a la nuca de él, atrayéndolo más cerca. Sus labios se encontraron en un beso desesperado, hambriento, como si el mundo se fuera a acabar en ese mismo instante.
Justo cuando la mano de Thiago empezaba a desabrochar el botón del jean de Bianca, un ruido seco los congeló. La puerta principal. Un sonido de llaves. Bianca se apartó de un salto, su corazón latiendo como un tambor, mientras Thiago maldecía por lo bajo y se arreglaba la remera para cubrir la evidencia de lo duro que estaba.
—¿Chicos? ¿Están en casa? —La voz de su madre resonó desde la entrada.
Bianca se ajustó la ropa a toda velocidad, su cara ardiendo de vergüenza y adrenalina. Miró a Thiago con una mezcla de pánico y reproche, pero él solo le guiñó un ojo, como si todo esto fuera un juego.
—Acá estamos, má —gritó Bianca, tratando de sonar normal mientras su cuerpo todavía temblaba de deseo insatisfecho. Sabía que esto no terminaba acá. Nunca terminaba. Y aunque la culpa la carcomía, también sabía que, apenas tuvieran otro momento a solas, volverían a caer. Porque así eran ellos: un incendio que no se podía apagar.
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