Capítulo 1: La Chispa en la Oscuridad
Bianca siempre había sido la chica invisible en su propia casa. A sus 19 años, con su pelo corto castaño y sus lentes que parecían gritar 'no me mires', se escondía detrás de remeras holgadas y jeans desgastados. Pero debajo de esa modestia autoimpuesta, su cuerpo era un secreto a voces: curvas que cortaban el aliento, tetas grandes y redondas que incluso las prendas más sueltas no podían disimular del todo. Era tímida, sí, pero había una dulzura en su sonrisa que desarmaba a cualquiera. Y Thiago, su hermano mayor, lo sabía mejor que nadie.
Thiago, de 22, era todo lo contrario. Alto, delgado, con el pelo oscuro siempre un poco despeinado, tenía esa vibra de chico que no necesita esforzarse para llamar la atención. Pero en casa, sus ojos siempre terminaban en Bianca. No podía evitarlo. Era un deseo enfermo, lo sabía. Un taboo que lo carcomía por dentro, pero que a la vez lo encendía como nada en el mundo. Cada vez que la veía pasar por el pasillo, con esos jeans ajustados que marcaban su culo de una forma que lo volvía loco, sentía una mezcla de culpa y lujuria que lo hacía sudar.
Esa noche, la casa estaba en silencio. Sus padres habían salido a una cena con amigos, y el aire parecía cargado de algo que ninguno de los dos quería nombrar. Estaban en el living, sentados en el sillón, fingiendo mirar una película. Pero la tensión era palpable. Bianca jugueteaba con un mechón de pelo, sus piernas cruzadas de una forma que hacía que Thiago no pudiera concentrarse en nada más que en la curva de sus muslos.
—¿Qué te pasa, Thiago? Estás re inquieto —dijo ella, con una voz suave pero con un dejo de curiosidad. Sus ojos, detrás de los lentes, lo miraron con una mezcla de inocencia y algo más, algo que lo hizo tragar saliva.
—¿Yo? Nada, Bian. Es solo que... no sé, estás muy... cerca —respondió él, con una sonrisa nerviosa, tratando de sonar casual mientras su corazón latía como un tambor.
Ella soltó una risita, inclinándose un poco más hacia él. —¿Cerca? Estamos en el mismo sillón, boludo. ¿Querés que me siente en el piso o qué?
—No, no es eso... Es que... mierda, Bianca, sabés lo que quiero decir —dijo Thiago, su voz bajando a un susurro ronco. Sus ojos se clavaron en los de ella, y por un segundo, el mundo se detuvo. Sabían que estaban jugando con fuego. Que lo que sentían era un pecado, algo sucio, prohibido. Pero esa misma prohibición era lo que los hacía arder.
Bianca se mordió el labio inferior, y ese simple gesto fue suficiente para que Thiago perdiera el control. —No deberíamos... —empezó a decir ella, pero su voz temblaba, no de miedo, sino de deseo. —Si alguien se entera, estamos muertos. Papá y mamá nos matarían.
—Lo sé. Y eso lo hace aún más jodido, ¿no? —respondió él, acercándose más, su aliento caliente contra la piel de su cuello. —La culpa me está matando, Bian, pero no puedo parar de pensar en vos. En cómo se sentiría tocarte... de verdad.
Ella lo miró, sus ojos brillando con una mezcla de miedo y excitación. —Sos un enfermo, Thiago. Y yo también, porque no puedo dejar de imaginarlo —susurró, y antes de que alguno pudiera arrepentirse, sus labios se encontraron en un beso desesperado, hambriento. Sus lenguas se enredaron, y el sabor de lo prohibido los consumió. Las manos de Thiago se deslizaron por la cintura de Bianca, apretándola contra él, mientras ella gemía bajito contra su boca.
La ropa empezó a sobrar. Bianca, con una valentía que ni ella sabía que tenía, tiró de la remera de Thiago, dejando al descubierto su pecho. Sus dedos trazaron líneas sobre su piel, mientras él, con un gruñido, le desabrochaba el jean, ansioso por sentirla. La culpa y el miedo a ser descubiertos solo avivaban el fuego. Cada roce, cada susurro, era un recordatorio de lo peligroso que era todo esto, y eso los hacía estar más calientes, más desesperados.
Thiago la empujó contra el sillón, sus manos subiendo por debajo de su remera, encontrando la piel suave y caliente de sus tetas. —Sos tan perfecta, carajo —murmuró contra su oído, mientras ella arqueaba la espalda, jadeando. Estaba dura, su excitación evidente contra la tela de su pantalón, y Bianca lo sabía. Lo sentía. Y eso la volvía loca.
—Thiago, por favor... —susurró ella, su voz cargada de necesidad, mientras sus dedos se aferraban a su espalda. Estaba mojada, lo sabía, y la idea de que su hermano lo descubriera la hacía temblar de deseo. Pero justo cuando él estaba a punto de deslizar una mano más abajo, buscando ese calor húmedo que lo obsesionaba, el sonido de la puerta principal los congeló. Sus padres habían vuelto antes de tiempo.
—¡Mierda! —siseó Thiago, apartándose de un salto, mientras Bianca se ajustaba la ropa con manos temblorosas. El corazón de ambos latía a mil, no solo por el deseo, sino por el terror de ser atrapados en algo tan enfermo, tan prohibido. Pero mientras se miraban, jadeando, con el sudor brillando en sus frentes, supieron que esto no había terminado. Esto era solo el principio.
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