Capítulo 1: La Chispa del Tabú
Bianca estaba tirada en el sillón de la sala, con un libro en las manos, los lentes deslizándose por su nariz y el pelo castaño corto cayéndole desordenado sobre la frente. Sus tetas grandes y redondas se marcaban bajo la remera ajustada, y aunque parecía perdida en la lectura, sus ojos se desviaban cada tanto hacia la cocina, donde Thiago, su hermano mayor, estaba preparando algo para comer. Alto, delgado, con el pelo oscuro despeinado como si acabara de levantarse de la cama, tenía una presencia que la ponía nerviosa, aunque no lo admitiría ni loca. No era la primera vez que sentía esa tensión, ese calor prohibido que le subía por el cuerpo cuando estaban solos.
La casa estaba en silencio, los viejos se habían ido de viaje por el fin de semana. Y ellos dos, como siempre, sabían lo que eso significaba. No era un juego nuevo, pero cada vez se sentía más intenso, más sucio, más... necesario.
—¿Qué estás mirando tanto, Bian? —preguntó Thiago desde la cocina, con una sonrisa torcida que le marcaba un hoyuelo en la mejilla. Su voz tenía un tono burlón, pero también algo más, algo que la hacía estremecer.
—Nada, boludo, estoy leyendo —respondió ella, tratando de sonar casual, aunque el rubor le trepaba por las mejillas blancas. Cerró el libro con un golpe seco y lo dejó a un lado, cruzándose de brazos como para protegerse de su propia cabeza.
Thiago salió de la cocina, limpiándose las manos en un trapo, y se acercó al sillón con pasos lentos, como un depredador que sabe que tiene a su presa acorralada. Se apoyó en el respaldo, inclinándose hacia ella, tan cerca que Bianca pudo oler el leve aroma a jabón y sudor fresco de su piel.
—No me jodas, hermanita. Te conozco. Estás pensando en lo mismo que yo, ¿o me vas a decir que no? —dijo él, bajando la voz, con un brillo peligroso en los ojos oscuros.
Bianca lo miró de reojo, los labios apretados, pero no pudo evitar que una sonrisa chiquita se le escapara. Era una batalla perdida, y los dos lo sabían. Siempre terminaban así, enredados en ese juego enfermo que los quemaba por dentro.
—¿Y si estoy pensando en eso, qué? ¿Vas a hacer algo al respecto o solo vas a seguir hablando pelotudeces? —replicó ella, alzando una ceja, desafiándolo. No era de las que se dejaban dominar, ni siquiera por él. Si iba a caer en ese abismo, lo iba a hacer con la frente en alto.
Thiago soltó una risa baja, casi un gruñido, y se inclinó más, hasta que sus labios quedaron a centímetros de los de ella. —Sos una atrevida, ¿eh? Mirá que no te conviene provocarme, Bian. Sabés cómo termino cuando me pongo... —hizo una pausa, dejando que la palabra flotara en el aire— ...impaciente.
Ella sintió un calor que le bajó directo al vientre, una corriente eléctrica que la hizo apretar los muslos sin querer. Pero no se achicó. Lo miró fijo, con los ojos entrecerrados detrás de los lentes, y le contestó con un susurro cargado de veneno dulce: —¿Impaciente? Mirá vos, y yo que pensé que eras todo un caballero. Mostrame, entonces, qué tan impaciente estás, hermanito.
Eso fue el detonante. Thiago no esperó más. Con un movimiento rápido, la agarró por la nuca y la atrajo hacia él, estampándole un beso duro, hambriento, que sabía a prohibición y a deseo acumulado. Bianca no se quedó atrás; le devolvió el beso con la misma intensidad, sus manos subiendo por el pecho de él, tirando de la remera como si quisiera arrancársela. La adrenalina del tabú, de saber que lo que hacían estaba mal, muy mal, solo hacía que todo se sintiera más caliente, más urgente.
Sus respiraciones se volvieron pesadas, el aire cargado de una tensión que estaba a punto de estallar. Bianca sintió cómo el cuerpo de Thiago se endurecía contra el suyo, y una sonrisa traviesa se le dibujó en los labios mientras se separaba apenas para mirarlo a los ojos. —Parece que alguien está muy... duro, ¿no? —dijo, con un tono burlón que lo hizo gruñir de nuevo.
—Seguí hablando, Bian, que te voy a mostrar lo duro que puedo estar —respondió él, su voz ronca, mientras sus manos bajaban por la cintura de ella, apretándola con una mezcla de posesión y desesperación.
Ella soltó una carcajada corta, pero el sonido se cortó en un jadeo cuando Thiago la levantó del sillón como si no pesara nada y la pegó contra la pared más cercana. Sus cuerpos estaban a punto de cruzar ese límite otra vez, y los dos sabían que no había vuelta atrás. El calor, el deseo, el peso de lo prohibido los tenía atrapados, y estaban más que dispuestos a arder juntos.
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