**Capítulo 1: El Susurro de lo Prohibido**
Bianca estaba sentada en el sillón de la sala, con un libro en las manos que apenas lograba leer. Sus lentes se deslizaban por su nariz mientras sus ojos castaños se perdían en el vacío. El silencio de la casa era pesado, casi sofocante, solo roto por el tictac del reloj en la pared. Thiago, su hermano mayor, estaba en la cocina, preparando algo para cenar. El aroma a ajo y tomate flotaba en el aire, pero no era eso lo que aceleraba el corazón de Bianca. Era él. Siempre había sido él.
—¿Qué estás leyendo, Bian? —preguntó Thiago desde la puerta, apoyado contra el marco con una sonrisa ladeada. Su pelo oscuro caía desordenado sobre su frente, y su remera ajustada marcaba los músculos de sus brazos. Era alto, imponente, y su voz tenía ese tono burlón que siempre la ponía nerviosa.
—Eh… nada importante —respondió ella, cerrando el libro de golpe y ajustándose los lentes. Sus mejillas se tiñeron de un rosa pálido mientras intentaba sonar casual—. ¿Y vos? ¿Qué estás cocinando? ¿O vas a quemar la casa otra vez?
Thiago soltó una carcajada, cruzándose de brazos. —Ja, ja, muy graciosa. Estoy haciendo una salsa para los fideos. Pero si querés, puedo dejar todo y venir a… no sé, distraerte un rato. —Sus ojos brillaron con un destello peligroso, y Bianca sintió un nudo en el estómago.
—No seas idiota, Thiago —replicó ella, aunque su voz tembló un poco. Se acomodó el sweater holgado que llevaba puesto, consciente de cómo sus curvas, esas tetas grandes y redondas que siempre intentaba ocultar, se marcaban bajo la tela. Sabía que él lo notaba. Siempre lo notaba.
Él dio un paso hacia ella, y el aire entre los dos se cargó de una tensión que ninguno quería nombrar. Era un juego peligroso, uno que habían estado jugando durante meses. Miradas furtivas, roces accidentales, palabras cargadas de dobles sentidos. Pero lo que sentían era más que un juego. Era un deseo enfermo, prohibido, un tabú que los consumía a ambos. Y lo peor de todo era que la culpa, ese peso constante en el pecho de Bianca, solo hacía que lo quisiera más.
—¿Sabés qué? —dijo Thiago, bajando la voz mientras se sentaba a su lado en el sillón, demasiado cerca. Su pierna rozó la de ella, y Bianca sintió un calor traicionero recorrer su cuerpo—. A veces pienso que sos más atrevida de lo que aparentás. Con ese sweater de abuela y esos lentes de nerd… pero sé lo que hay debajo. Y me vuelve loco.
—¡Thiago, por favor! — exclamó ella, girando la cabeza para mirarlo, sus ojos abiertos de par en par. Pero no se alejó. No podía. El miedo a que alguien los descubriera —sus padres, un vecino, cualquiera— estaba siempre presente, pero también era un afrodisíaco. La idea de lo prohibido, de lo que estaban a punto de hacer, la tenía al borde de un abismo que deseaba saltar—. Esto no está bien. Si alguien se entera…
—Shh —la interrumpió él, colocando un dedo sobre sus labios. Su toque era eléctrico, y Bianca sintió un escalofrío bajar por su espalda—. Nadie se va a enterar. Y admitilo, Bian. Te gusta el peligro tanto como a mí. Te gusta saber que esto está mal, que somos unos enfermos por querernos así. Pero no podés parar, ¿no?
Ella tragó saliva, sus labios temblando bajo su dedo. Quería negarlo, quería empujarlo y correr a su cuarto, pero su cuerpo la traicionaba. Sus muslos se apretaron instintivamente, y un calor húmedo comenzó a formarse entre sus piernas. Thiago lo sabía. Siempre lo sabía.
—Sos un hijo de puta —susurró ella, pero su voz estaba cargada de deseo, no de enojo. Sus ojos se encontraron con los de él, y en ese momento, todo el mundo desapareció. Solo estaban ellos dos, el sillón, y el latido desenfrenado de sus corazones.
Thiago sonrió, una sonrisa depredadora, y se inclinó hacia ella. Su aliento cálido rozó su mejilla mientras murmuraba: —¿Querés que pare, entonces? Decímelo. Decime que no querés que te toque, que no querés sentirme…
Bianca no respondió con palabras. En cambio, sus manos, temblorosas pero decididas, se alzaron para agarrar su remera y tirar de él. Sus labios chocaron en un beso desesperado, hambriento, lleno de todo lo que habían estado reprimiendo. Sus lenguas se enredaron, y un gemido escapó de la garganta de Bianca mientras las manos de Thiago se deslizaban bajo su sweater, explorando su piel con una urgencia que la hizo jadear.
—Sos mía, Bian —gruñó él contra su boca, sus dedos apretando su cintura con posesividad—. No me importa lo que digan. No me importa lo mal que esté. Te quiero, y sé que vos también.
Ella asintió, perdida en la niebla del deseo, mientras sus manos se deslizaban por su pecho, sintiendo lo duro que estaba bajo la tela. La culpa seguía ahí, punzante, pero solo alimentaba el fuego. Esto estaba mal, tan mal, pero nunca se había sentido tan bien. Y justo cuando Thiago comenzó a desabrocharle el jean, dispuesto a llevarla a un lugar del que no había vuelta atrás, el sonido de la puerta principal abriéndose los congeló a ambos.
(Continuará…)
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