Capítulo 1: El Primer Encuentro
La luz de la luna se filtraba a través de los árboles del bosque de Silverwood, tiñendo de plata las hojas y proyectando sombras danzantes sobre el suelo. La noche era densa, cargada de un aroma salvaje que solo los lobos podían percibir: el olor de la tierra húmeda, de la presa lejana, y del deseo reprimido que flotaba entre los miembros de la manada. Percy Jackson, con sus hombros encorvados y su mirada esquiva, caminaba al margen del grupo, como siempre lo había hecho desde que era un cachorro. Un beta. Un lobo raro, débil, un error de la naturaleza, según los susurros crueles de los alfas y omegas que lo rodeaban. A sus veinticinco años, Percy había aprendido a vivir con el peso de esas palabras, pero no significaba que no dolieran.
Esa noche, sin embargo, algo en el aire se sentía diferente. La manada se reunía para dar la bienvenida a un nuevo miembro, una loba que había llegado de un territorio lejano. Annabeth Chase. Su nombre ya circulaba como un rumor entre los lobos, acompañado de descripciones de su belleza feroz y su intelecto afilado. Percy no esperaba nada de ella, como no esperaba nada de nadie. Pero cuando la vio por primera vez, emergiendo de la penumbra con pasos seguros, sintió que el mundo se detenía.
Annabeth era un espectáculo: alta, con una postura que gritaba autoridad, su cabello rubio cayendo en ondas salvajes sobre sus hombros. Sus ojos grises, penetrantes como el filo de una navaja, recorrieron a la manada con una mezcla de curiosidad y desafío. Cuando su mirada se posó en Percy, algo en su interior se agitó, un instinto primitivo que no podía ignorar. Él, por su parte, bajó la vista de inmediato, avergonzado por la intensidad de esos ojos que parecían desnudarlo.
—¿Ese es el beta del que todos hablan? —preguntó Annabeth, su voz clara y cortante como el hielo, pero con un matiz de intriga que hizo que Percy alzara la cabeza por un segundo. Estaba hablando con uno de los alfas, pero sus ojos seguían fijos en él.
—Así es. Percy. No esperes mucho de él, no es como nosotros —respondió el alfa con una risa despectiva, dándole una palmada en el hombro a Annabeth como si compartieran un chiste privado.
Ella no sonrió. En cambio, inclinó la cabeza, estudiando a Percy con una intensidad que lo hizo sentir expuesto. —¿No es como nosotros? Qué curioso. A mí me parece que tiene más en esos ojos que la mitad de esta manada junta.
Percy sintió que el calor subía por su cuello. ¿Estaba burlándose de él? No, había algo en su tono, algo genuino, casi provocador. Tragó saliva, sus manos apretándose en puños a los costados. No estaba acostumbrado a que lo miraran así, como si valiera algo.
—Solo soy... soy lo que soy —murmuró, su voz apenas audible, pero Annabeth lo escuchó. Sus labios se curvaron en una sonrisa que era más un desafío que una gentileza.
—Oh, créeme, beta, eso ya lo veo. Y me gusta lo que veo. —Su voz bajó un tono, cargada de una promesa que hizo que el corazón de Percy latiera con fuerza contra su pecho. Dio un paso hacia él, su aroma —una mezcla de lavanda salvaje y algo más profundo, más animal— envolviéndolo como una caricia invisible.
Él retrocedió instintivamente, su espalda chocando contra un árbol. —¿Qué... qué estás haciendo? —preguntó, su voz temblorosa, pero sus ojos no podían apartarse de los de ella. Había algo magnético en Annabeth, algo que lo atraía y lo aterrorizaba al mismo tiempo.
—Solo estoy conociendo a mi manada. ¿Es un crimen querer hablar contigo, Percy? —respondió ella, deteniéndose a pocos centímetros de él. Su aliento cálido rozó su mejilla, y Percy sintió un escalofrío recorrer su columna. Nunca había estado tan cerca de una loba como ella, nunca había sentido esa electricidad que parecía crepitar entre ellos.
—No... no estoy acostumbrado a esto. Las lobas no... no se acercan a mí —admitió, odiando cómo sonaba su voz, tan frágil, tan insegura. Pero Annabeth no se rió, no lo menospreció. En cambio, levantó una mano y, con una lentitud deliberada, rozó su mejilla con la punta de sus dedos. El contacto fue breve, pero suficiente para que Percy sintiera que su piel ardía.
—Entonces, tal vez sea hora de que empieces a acostumbrarte. Porque no soy como las demás, y tú... tú no eres tan invisible como crees. —Sus palabras eran un susurro, pero cargadas de una intensidad que lo dejó sin aliento. Sus ojos bajaron por un momento a sus labios, y Percy sintió un nudo en el estómago, una mezcla de deseo y pánico. Quería acercarse, quería saber cómo se sentiría besarla, pero el miedo lo paralizaba.
Antes de que pudiera responder, Annabeth se apartó con una sonrisa enigmática, dejándolo allí, temblando contra el árbol, su corazón latiendo como un tambor de guerra. La noche parecía más oscura, más pesada, y mientras la veía alejarse con esa gracia felina, Percy supo que algo había cambiado. Algo dentro de él se había despertado, algo hambriento, algo que no sabía cómo controlar.
Y mientras la luna brillaba sobre ellos, iluminando el camino hacia un futuro incierto, Percy no pudo evitar preguntarse si Annabeth Chase sería su salvación... o su perdición.
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