Capítulo 1: El Secuestro de la Tentación
En el gélido invierno de 1932, en una cabaña perdida en los bosques de la Unión Soviética, los hermanos Ivanov vivían al filo de la locura. Nikolai, el mayor, de 32 años, era un hombre de rostro curtido y mirada de acero, con manos que parecían talladas para la violencia. Alexei, de 31, era el cerebro del trío, astuto y sarcástico, con una lengua tan afilada como un cuchillo. Sacha, el menor, de 30, era pura energía salvaje, un torbellino de deseo y rabia contenida. Los tres compartían un techo, una botella de vodka y, ahora, una obsesión: Karla, una alemana de 28 años, nazi confesa, con un cuerpo que parecía esculpido por el mismísimo diablo. La habían secuestrado en una operación relámpago en la frontera, convencidos de que ella sería suya, aunque no sabían de quién exactamente.
Karla no era una damisela en apuros. Sus ojos verdes destilaban desprecio mientras los miraba, encadenada a una silla en el centro de la cabaña. Su cabello rubio caía en ondas desordenadas sobre sus hombros, y su uniforme negro, aunque rasgado, no hacía más que resaltar sus curvas peligrosas. Los hermanos la rodeaban como lobos hambrientos, el aire cargado de tensión y un deseo tan denso que se podía cortar con un hacha.
—'¿Qué mierda se creen, cerdos soviéticos? ¿Piensan que voy a caer rendida ante sus caras de campesinos?' —soltó Karla, su voz cargada de veneno, pero con un brillo de desafío en los ojos.
—'Cierra esa boca, alemana. Aquí no estás para dar órdenes. Estás para servir', —gruñó Nikolai, acercándose a ella, su aliento caliente rozando su mejilla mientras sus ojos recorrían su cuerpo sin disimulo.
—'¿Servir? Ja. Prefiero cortarme las venas con un cuchillo oxidado antes que tocar a un bruto como tú', —replicó Karla, inclinándose hacia adelante, sus labios curvados en una sonrisa burlona.
—'Esa actitud tuya me está poniendo duro, ¿sabes? Sigue hablando así y no voy a poder contenerme', —dijo Sacha, dando un paso al frente, su voz ronca y sus manos temblando de pura lujuria mientras se ajustaba los pantalones.
—'Cálmate, cachorro. Si alguien va a domar a esta fiera, soy yo. Tengo más experiencia', —intervino Alexei, con una sonrisa socarrona, cruzándose de brazos mientras sus ojos se clavaban en el escote de Karla.
—'¿Dormar? ¿A mí? Ustedes no saben con quién se están metiendo. Soy más mujer de lo que cualquiera de ustedes puede manejar', —respondió Karla, su tono goteando arrogancia, pero su respiración se aceleraba, traicionando un destello de curiosidad perversa.
La cabaña parecía encogerse con cada palabra, el calor de los cuerpos y el crepitar del fuego avivando algo más que la temperatura. Nikolai fue el primero en actuar, desabrochándose el cinturón con un movimiento lento, deliberado, mientras sus ojos no dejaban de perforar a Karla. Ella no apartó la mirada, desafiándolo en silencio. Sacha, incapaz de contenerse, se acercó por detrás, sus manos ansiosas rozando los hombros de la alemana, mientras Alexei se limitaba a observar, planeando su próximo movimiento como un depredador paciente.
—'Mírenlos, peleando como perros por un hueso. ¿No se cansan de ser tan patéticos?' —se burló Karla, aunque su voz tembló ligeramente cuando Nikolai se inclinó, su rostro a centímetros del suyo.
—'Patéticos o no, vas a gritar mi nombre antes de que acabe la noche', —susurró Nikolai, su mano deslizándose por el muslo de Karla, sintiendo el calor de su piel incluso a través de la tela.
La tensión explotó como un barril de pólvora. Las cadenas de Karla tintinearon cuando intentó moverse, no para escapar, sino para provocar. Sacha dejó escapar un gruñido bajo, su aliento caliente en el cuello de ella, mientras sus dedos se clavaban en sus caderas. Alexei, finalmente, se acercó, inclinándose para susurrarle al oído algo que hizo que los ojos de Karla se abrieran de golpe, un destello de sorpresa y deseo cruzando su rostro.
El ambiente estaba cargado, los cuerpos sudando incluso en el frío, la respiración de todos volviéndose pesada, jadeante. Karla, con una mezcla de furia y una lujuria que no podía negar, sintió cómo su cuerpo traicionaba su mente, volviéndose húmeda bajo las miradas hambrientas de los hermanos. Nikolai, con su miembro ya duro como una roca, presionó contra ella, mientras Sacha murmuraba obscenidades al oído, y Alexei trazaba círculos peligrosos con sus dedos, acercándose cada vez más a su entrepierna.
La noche apenas comenzaba, y lo que prometía era un caos de piel, gemidos y una batalla de voluntades que nadie estaba dispuesto a perder.
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