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Miradas Prohibidas

Miradas Prohibidas

**Capítulo 1: El Juego de las Sombras**

Bianca se deslizaba por su habitación con pasos suaves, la luz tenue de la lámpara reflejándose en sus lentes mientras se quitaba la remera gastada que usaba para estar en casa. Su pelo corto castaño caía desordenado sobre sus hombros blancos, y aunque su ropa siempre era modesta, no podía ocultar las curvas que delineaban su cuerpo. Sus tetas, grandes y redondas, se marcaban bajo la tela del corpiño mientras se inclinaba para buscar una camiseta limpia en el cajón. No sabía que, desde la ventana de enfrente, unos ojos oscuros y hambrientos la devoraban en silencio.

Thiago, alto y desgarbado, con el pelo oscuro siempre un poco despeinado, estaba apoyado contra el marco de su ventana, el corazón latiéndole fuerte en el pecho. Su obsesión con su hermana menor era un secreto sucio que lo carcomía, pero no podía evitarlo. Esas curvas, esa piel pálida que parecía brillar bajo la luz... lo volvían loco. Apretó los puños, conteniendo el impulso de acercarse más, de hacer algo que sabía que estaba mal. Pero justo cuando Bianca giró la cabeza hacia la ventana, como si sintiera el peso de su mirada, Thiago se tiró al suelo de un salto, escondiéndose detrás de la cortina. Su respiración era pesada, el pulso acelerado. 'Mierda, casi me pesca', pensó, con una mezcla de adrenalina y culpa.

Más tarde esa noche, Bianca salió de la ducha envuelta en una toalla blanca que apenas cubría su cuerpo. El vapor aún flotaba en el aire del baño, y mientras se secaba el pelo, su mente no podía dejar de dar vueltas. Había sentido algo raro esa tarde, como si alguien la estuviera mirando. Y sabía quién. Thiago. Su hermano. La idea la ponía nerviosa, pero también... ¿curiosa? 'No, no puede ser', se regañó a sí misma, apretando la toalla contra su pecho. Pero la imagen de él espiándola, deseándola, se colaba en su cabeza como un veneno dulce. Sabía que estaba mal, pero una parte de ella, una que no quería admitir, quería jugar con ese fuego.

Sin pensarlo demasiado, sus pies la llevaron al pasillo y luego a la puerta de la habitación de Thiago. Golpeó dos veces, fuerte, antes de entrar sin esperar respuesta. Él estaba tirado en la cama, con auriculares puestos, fingiendo que no la había oído llegar. Pero sus ojos se abrieron de golpe al verla ahí, con nada más que una toalla cubriéndola.

—¿Qué hacés, Bianca? —dijo Thiago, sentándose rápido, tratando de sonar casual, aunque su voz temblaba un poco.

Ella cruzó los brazos, la toalla ajustándose más a su cuerpo, marcando cada curva. Sus ojos detrás de los lentes lo fulminaron. —No te hagas el boludo, Thiago. Sé que me estabas mirando esta tarde. Desde tu ventana. ¿Creés que soy idiota?

Thiago soltó una risa nerviosa, pasándose una mano por el pelo. —¿De qué hablás? Estás loca, yo no hice nada. Estaba... estudiando.

—¿Estudiando? ¿Con la cortina abierta y la luz apagada? No me jodas —replicó ella, dando un paso hacia él. Su tono era afilado, pero había algo más en su mirada, algo que lo desafiaba. —Si vas a espiarme como un enfermo, al menos tené los huevos de admitirlo.

Thiago se quedó callado, sus ojos recorriendo el cuerpo de Bianca sin poder evitarlo. La toalla apenas llegaba a cubrirle los muslos, y la forma en que se ajustaba a sus tetas lo estaba volviendo loco. Tragó saliva, tratando de mantener la compostura. —No sé de qué hablás, en serio. Estás paranoica.

Bianca arqueó una ceja, y con un movimiento lento, deliberado, dejó que la toalla se deslizara por sus hombros, cayendo al suelo con un sonido suave. Su cuerpo desnudo quedó expuesto ante él, la piel blanca brillando bajo la luz tenue de la habitación. Sus tetas, redondas y perfectas, se alzaban con cada respiración, y Thiago sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—¿Y ahora qué, Thiago? —dijo ella, su voz baja, casi un susurro, pero cargada de poder. —¿Seguís diciendo que no me estabas mirando? Porque ahora no podés apartar los ojos, ¿no?

Thiago estaba congelado, su mente hecha un caos. Quería decir algo, cualquier cosa, pero su cuerpo ya estaba reaccionando, el calor subiendo por su entrepierna. Bianca dio otro paso hacia él, y el aire entre los dos se volvió denso, cargado de una tensión que ninguno de los dos podía ignorar. Esto estaba mal, muy mal, pero el deseo era más fuerte que cualquier regla. Y ambos lo sabían.

Want to know how it ends?

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