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Miradas Prohibidas

Miradas Prohibidas

**Capítulo 1: El Juego de las Miradas**

Angie, con apenas 19 años, entró al estudio jurídico de su madre con un aire de frescura que desentonaba entre las paredes grises y los expedientes polvorientos. Su cabello negro caía en ondas sobre los hombros, y su uniforme ajustado —una camisa blanca y una falda lápiz negra— marcaba cada curva de su cuerpo joven y vibrante. Era la nueva recepcionista, y aunque su madre, la Dra. Mariana Soler, le había advertido que mantuviera un perfil bajo, Angie sabía que los ojos de todos estaban sobre ella desde el primer día.

El estudio, ubicado en pleno centro de Buenos Aires, era un nido de abogados veteranos, todos de 50 para arriba, con trajes gastados y miradas cansadas. Pero esas miradas se volvían afiladas cuando Angie pasaba por los pasillos, con su andar seguro y una sonrisa que parecía desafiar las reglas no dichas del lugar. Ella lo notaba todo: los susurros detrás de las puertas, las cabezas que se giraban disimuladamente, los comentarios que se cortaban cuando ella entraba a la sala de reuniones con el café.

Esa mañana, mientras ordenaba unos papeles en el escritorio de recepción, sintió una presencia detrás de ella. Era el Dr. Roberto Guzmán, uno de los socios más antiguos del estudio, un hombre de 58 años con una panza prominente pero una voz grave que imponía respeto. Se acercó con una carpeta en la mano, aunque Angie sabía que no necesitaba nada de ahí.

—Che, Angie, ¿me podés ayudar con esto? —dijo él, apoyándose en el mostrador con una sonrisa que intentaba ser casual pero dejaba entrever algo más.

Ella levantó la vista, arqueando una ceja. No era tonta, y no iba a dejarse intimidar por un tipo que podría ser su abuelo. —Depende, doctor. ¿Qué tan complicado es el ‘asunto’? —respondió con un tono cargado de doble sentido, mientras se inclinaba apenas sobre el escritorio, dejando que la camisa se abriera un poquito más de lo necesario.

Roberto tragó saliva, sus ojos bajando por un segundo antes de volver a su rostro. —Sos rápida, piba. Me gusta eso. Es un tema… delicado. Necesito que lo revises en mi oficina. Solo vos y yo, para no distraer a los demás.

Angie soltó una risa corta, casi burlona. —¿En serio, doctor? ¿Tan delicado que no puede esperar a que esté mi vieja por acá? Mirá que ella es la que manda, no yo. —Se cruzó de brazos, empujando su pecho hacia adelante, y lo miró directo a los ojos. Sabía el efecto que tenía, y no iba a ser una presa fácil.

—Tu vieja no entiende de ciertos ‘detalles’ como vos, Angie. Sos… distinta. Fresca. —La voz de Roberto bajó a un murmullo, y sus dedos tamborilearon sobre el mostrador, nerviosos.

Ella dio un paso hacia él, acercándose lo suficiente como para que pudiera oler el perfume dulce que llevaba. —Mirá, Roberto, yo no juego a las escondidas. Si querés algo, decilo claro. Pero te aviso que no soy de las que se quedan calladitas. —Sus labios se curvaron en una sonrisa peligrosa, y sus ojos brillaron con un desafío que hizo que el hombre diera un paso atrás, sudando apenas.

Antes de que pudiera responder, la puerta del estudio se abrió y entró otro abogado, el Dr. Miguel Torres, un tipo más serio pero con una mirada igual de intensa. Los dos hombres intercambiaron una mirada rápida, como si supieran que estaban jugando al mismo juego. Angie lo notó y decidió subir la apuesta.

—Che, Miguel, justo a tiempo. Parece que hoy todos necesitan mi ‘ayuda’. ¿Vos también tenés un asunto ‘delicado’? —dijo, girándose hacia él con una mano en la cadera, su tono goteando sarcasmo y seducción.

Miguel sonrió de lado, ajustándose los anteojos. —Siempre, Angie. Pero yo no pido ayuda. Yo doy órdenes. Si querés, te enseño cómo se manejan las cosas por acá. En privado, obvio.

Ella rió fuerte, atrayendo las miradas de los otros empleados que fingían trabajar. —¡Mirá vos al jefe! Bueno, muchachos, parece que tengo la agenda llena. Pero si quieren jugar, sepan que yo pongo las reglas. —Les guiñó un ojo y se dio la vuelta, dejando que sus caderas se movieran con cada paso mientras volvía a su escritorio.

El aire en el estudio se sentía cargado, eléctrico. Angie sabía que estaba jugando con fuego, pero le encantaba. Esa tarde, cuando el resto del personal se fue y solo quedó Roberto en su oficina, ella decidió pasar a buscar unos ‘papeles’. La puerta estaba entreabierta, y él estaba ahí, sentado en su silla, con la corbata aflojada y una mirada que no dejaba lugar a dudas. Ella entró sin golpear, cerrando la puerta detrás de sí.

—¿Y ahora qué, doctor? ¿Seguimos con los ‘asuntos delicados’? —preguntó, apoyándose contra la puerta, su voz baja y provocadora.

Roberto se levantó, acercándose lentamente. —Sos un peligro, piba. Pero me gustan los riesgos. —Su mano rozó el borde de su falda, y el calor de su aliento le llegó al cuello.

Angie no retrocedió. Lo miró fijo, con una sonrisa que prometía problemas. —Entonces preparate, porque esto recién empieza. —Y con eso, sus labios se curvaron en una promesa mientras sus cuerpos se acercaban, listos para desatar una tormenta de deseo que ninguno de los dos podría controlar.

Want to know how it ends?

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