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Pecado en Casa

Pecado en Casa

**Capítulo 1: El Calor de lo Prohibido**

La casa estaba en silencio, solo se escuchaba el zumbido del ventilador en el living. Bianca, con su pelo corto castaño y sus lentes deslizándose por la nariz, estaba sentada en el sillón, fingiendo leer un libro. Su ropa modesta, una remera holgada y un jean gastado, escondía las curvas que sabía que volvían loco a más de uno. Pero no estaba pensando en 'más de uno'. Estaba pensando en Thiago. Su hermano. El pibe de 22 años que, con su pelo oscuro despeinado y esa mirada de hijo de puta, la tenía al borde de la locura desde hacía meses.

Thiago entró al living, descalzo, con una musculosa que dejaba ver sus brazos flacos pero marcados. Se paró frente a ella, apoyado contra el marco de la puerta, y le tiró una sonrisa de lado, de esas que decían 'sé lo que querés, y yo también lo quiero'.

—¿Qué hacés, nerd? ¿Leyendo otra de tus pavadas? —dijo, burlón, mientras se acercaba y le sacaba el libro de las manos sin pedir permiso.

Bianca lo miró, entrecerrando los ojos detrás de los lentes. No era de las que se dejaban pisotear, ni siquiera por él. —Devolveme el libro, pelotudo. No estoy para tus jueguitos hoy —respondió, con un tono que intentaba sonar firme, pero que se quebraba un poco al final. La verdad era que su cuerpo ya estaba reaccionando. Lo sentía. El calor subiendo por su panza, el cosquilleo entre las piernas.

Thiago se rió, bajo y ronco, y tiró el libro al sillón. Se inclinó hacia ella, tan cerca que Bianca pudo oler el jabón que usaba mezclado con algo más crudo, más suyo. —No me vengas con que no estás para jueguitos, Bianca. Los dos sabemos que estás re caliente. Como siempre —le susurró, con una voz que era pura provocación.

Ella apretó los dientes, pero no se alejó. No podía. No quería. —Sos un enfermo, Thiago. ¿No te cansas de esto? ¿De venir a buscarme como si fuera una cualquiera? —le escupió, aunque sus ojos ya estaban fijos en los labios de él, en cómo se curvaban con esa mezcla de burla y deseo.

—¿Una cualquiera? Nah, hermanita. Vos sos mucho más que eso. Sos mi vicio. Y yo el tuyo. No te hagas la santa ahora —replicó él, y sin darle tiempo a responder, le agarró la barbilla con dos dedos y la obligó a mirarlo directo a los ojos. —Decime que no querés que te coja ahora mismo. Decímelo y me voy.

Bianca tragó saliva. Quería pegarle una cachetada, mandarlo a la mierda, pero su cuerpo la traicionaba. Sentía cómo se le humedecía todo ahí abajo, cómo su respiración se volvía más pesada. —Sos un hijo de puta —murmuró, pero no había fuerza en sus palabras. Solo hambre.

Thiago sonrió de nuevo, esa sonrisa de depredador, y se acercó más, hasta que sus rodillas chocaron con las de ella. —Y vos una puta mentirosa. Mirá cómo estás, toda nerviosa, toda mojada por mí. No me engañás —dijo, y antes de que ella pudiera contestar, le metió una mano por debajo de la remera, directo a la piel caliente de su cintura.

Bianca soltó un jadeo, pero no lo empujó. No podía. Sus manos, como si tuvieran vida propia, se aferraron a los hombros de él. —Esto está mal, Thiago. Re mal. Somos hermanos, carajo —dijo, casi como un ruego, pero su voz estaba cargada de deseo, no de arrepentimiento.

—Shh, callate. Lo que está mal es que no estés ya desnuda debajo mío —respondió él, y con un movimiento rápido, le levantó la remera, dejando al descubierto esas tetas grandes y redondas que lo volvían loco. Sus ojos se oscurecieron de pura lujuria. —Mirá esto, la concha de tu madre. Cómo no voy a querer comerte entera.

Bianca sintió el aire frío contra su piel, pero el calor de la mirada de Thiago la quemaba más. Estaba a punto de ceder del todo, de dejar que la culpa se fuera al carajo y que el deseo ganara. Él se inclinó, su boca a centímetros de la de ella, y susurró: —¿Qué esperás, Bianca? Sabés que mi pija ya está dura por vos. Vamos a garchar como los animales que somos.

Ella lo miró, jadeando, su pecho subiendo y bajando rápido. Sabía que no había vuelta atrás. No esta vez. No nunca.

Want to know how it ends?

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