Capítulo 1: El Fuego Prohibido
La casa estaba en silencio, un silencio pesado, cargado de una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Bianca, con su pelo corto castaño y sus lentes deslizándose por la nariz, estaba arrodillada en el suelo de su pieza, la ropa modesta que solía usar tirada a un costado. Sus tetas grandes, siempre escondidas bajo capas de tela, ahora al aire, brillaban bajo la luz tenue de la lámpara. Su piel pálida parecía casi translúcida, y sus ojos, normalmente tímidos y dulces, tenían un brillo oscuro, hambriento.
Frente a ella, Thiago, su hermano mayor, estaba de pie, con el pelo negro despeinado cayéndole sobre la frente. Alto y delgado, su respiración era pesada mientras su mano se movía rápido sobre su cock, duro como una piedra. La miraba fijo, con una mezcla de deseo y culpa que lo consumía, pero no podía parar. No quería parar.
—Dale, Thiago, no te hagas el boludo —dijo Bianca, su voz baja, ronca, cargada de una lujuria que no parecía encajar con su imagen de chica buena—. Mirame, mirá a tu hermanita arrodillada, con las tetas al aire, esperando que le des todo. Quiero tu leche, hermano, quiero sentirla caliente en mi cara.
Thiago gruñó, sus ojos recorriendo el cuerpo de Bianca, deteniéndose en sus tetas, en cómo se movían ligeramente con cada palabra que salía de su boca sucia. —Sos una enferma, Bianca. ¿Cómo podés pedirme esto? ¿Cómo podés calentarme tanto con esa boca de puta que tenés? —respondió, su voz temblando de deseo mientras su mano seguía trabajando, el sonido húmedo llenando la habitación.
Ella sonrió, una sonrisa afilada, perversa. —Porque soy tu hermanita enferma, Thiago. Me calienta saber que esto está mal, que somos unos degenerados. Me moja la pussy solo de pensar que nuestros viejos podrían entrar y vernos así, con vos a punto de venirte en mi cara. Mirame, mirá cómo estoy, toda horny por vos, por mi hermano. ¿No te calienta verme así, en pelotas, rogándote que me des todo?
Thiago jadeó, su mano moviéndose más rápido, el sudor corriendo por su frente. —Sos una loca, Bianca. Me volvés loco. Esas tetas, esa cara de inocente que ponés mientras me decís estas cosas... Me hacés querer explotar. ¿Querés mi cum, eh? ¿Querés que te bañe con todo lo que tengo, hermanita sucia?
—Sí, dale, no seas cagón —lo desafió ella, inclinándose un poco más hacia adelante, sus tetas rebotando con el movimiento, sus ojos fijos en el cock duro de Thiago—. Quiero sentirlo, quiero que me marques, que me hagas sentir que soy tuya, aunque sea por un rato. Los viejos están por volver, Thiago, no tenemos tiempo. Dame todo ahora, llename la cara de tu leche, hermano.
La respiración de Thiago se volvió errática, sus músculos tensándose mientras la miraba, arrodillada, con esa expresión de deseo puro. La habitación estaba cargada de un calor sofocante, los dos sweating, panting, atrapados en un juego prohibido que los consumía. Bianca se lamió los labios, dejando que su lengua jugara un segundo, provocándolo más. —Mirá cómo estoy, Thiago, toda wet, dripping por vos. No aguanto más, necesito que te vengas ya.
Thiago soltó un gemido bajo, sus ojos oscureciéndose mientras la tensión en su cuerpo llegaba al límite. —Sos una puta, Bianca, mi puta enferma. Preparate, hermanita, porque te voy a dar todo lo que pedís... —dijo, su voz quebrándose mientras su mano se movía con desesperación, a punto de estallar.
Ella lo miró, con una mezcla de desafío y lujuria, lista para recibirlo, para saborear cada segundo de ese pecado que los unía. El tiempo se detuvo, el aire se volvió denso, y el mundo fuera de esa pieza dejó de existir. Solo estaban ellos, el deseo, y el borde del abismo al que estaban a punto de saltar juntos.
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