Capítulo 1: El Calor de la Vuelta
Mayo de 1987, A Coruña. El aire olía a salitre y a la emoción de la Vuelta Ciclista a España. En el pequeño salón de la casa de los Fernández, la televisión emitía el rugido de la multitud mientras Álvaro Pino pedaleaba con furia hacia la victoria. Carlos, de 18 años, estaba sentado en el sofá, con los ojos pegados a la pantalla, pero su mente divagaba hacia la mujer a su lado: Maricarmen, su madre, una fuerza de la naturaleza a sus 39 años. Con su cabello oscuro cayendo en ondas rebeldes y una sonrisa que podía desarmar a cualquiera, era el tipo de mujer que no pedía permiso para ser quien era.
—¿Crees que lo logrará, ma? —preguntó Carlos, girando la cabeza hacia ella, sus ojos brillando con una mezcla de admiración por Pino y por la mujer que lo había criado con mano firme y corazón cálido.
Maricarmen soltó una carcajada seca, cruzando las piernas con una elegancia natural. —¡Por supuesto que sí! Ese hombre tiene más huevos que la mitad de los que están en la carretera. Pero no se trata solo de fuerza, Carlitos. Es estrategia. Como en la vida. No todo es pedalear a lo loco.
Carlos sonrió, inclinándose un poco más hacia ella. —¿Y tú cómo lo sabes tanto? ¿Acaso fuiste ciclista en otra vida o qué?
Ella le lanzó una mirada de reojo, sus ojos oscuros chispeando con picardía. —No, listillo. Pero he tenido que pedalear contra viento y marea para sacar adelante esta familia. Y hablando de eso, ¿por qué no me cuentas qué tienes en esa cabecita tuya en vez de estar tan pendiente de mí?
Carlos se rascó la nuca, un poco nervioso, pero con una sonrisa juguetona. —Es que… no sé, ma. Me gusta escucharte. Cuéntame algo de cuando conociste a papá. Algo que no me hayas dicho antes.
Maricarmen arqueó una ceja, claramente sorprendida por la petición. Se recostó en el sofá, dejando que el ruido de la Vuelta llenara el silencio por un momento. Finalmente, suspiró. —Ay, Carlitos, eres un peligro. ¿Quieres saber cómo enganché a tu padre? Bueno, digamos que no fue con pastelitos de nata. La primera vez que lo vi, estaba descargando un camión bajo el sol, todo sudoroso y con esa cara de ‘yo mando aquí’. Y yo, pues… le dejé claro que no soy de las que se quedan mirando.
Carlos rió, inclinándose más cerca, el calor de su madre llenando el espacio entre ellos. —¿Y qué hiciste? ¿Le tiraste los trastos ahí mismo?
Ella soltó una risita baja, casi felina. —Algo así. Le dije que si podía cargar tanto peso, a ver si podía conmigo. Y, bueno, aquí estás tú, ¿no? Prueba de que no se rajó.
El ambiente en el salón se volvió más denso, cargado de una energía que ninguno de los dos nombró. Carlos sintió un cosquilleo en la piel, una mezcla de curiosidad y algo más profundo, algo que no debería estar ahí. Maricarmen lo miró de reojo, notando el cambio en su expresión. Se inclinó hacia él, su voz bajando a un susurro provocador. —¿Qué pasa, Carlitos? ¿Te estás poniendo nervioso con las historias de tu vieja?
Él tragó saliva, su corazón latiendo más rápido. —No es eso, ma. Es que… joder, eres increíble. No sé cómo papá no se vuelve loco contigo cada día.
Ella sonrió, una sonrisa peligrosa, y se acercó un poco más, su aliento cálido rozando su mejilla. —Porque sabe que no soy de las que se dejan domar. Pero tú… tú tienes esa mirada, Carlitos. Esa que dice que quieres más que historias.
El espacio entre ellos se redujo a nada. Sus labios estaban a un suspiro de distancia, el calor de sus cuerpos mezclándose con el rugido de la Vuelta de fondo. Carlos sintió su sangre arder, su mente nublada por un deseo que no podía ignorar. Maricarmen no retrocedió; sus ojos lo desafiaban, como si lo estuviera invitando a cruzar una línea que nunca deberían cruzar. Y justo cuando sus respiraciones se sincronizaron, cuando el mundo parecía desvanecerse, ella susurró: —¿Estás seguro de querer jugar a esto, cariño? Porque yo no juego para perder.
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