Capítulo 1: El Silencio de la Noche
La ruta se extendía como una cinta negra interminable bajo el cielo sin luna. El motor del viejo Fiat rugía suavemente mientras Thiago, con el pelo oscuro y despeinado cayéndole sobre la frente, mantenía las manos firmes en el volante. A su lado, Bianca, con su pelo corto moreno y esos ojos verdosos que parecían brillar en la penumbra, se retorcía las manos en el regazo. Llevaba una remera holgada y unos jeans gastados, ropa modesta que escondía las curvas peligrosas de su cuerpo, esas tetas grandes y redondas que solo ella sabía cómo disimular. Pero por dentro, su cabeza era un torbellino. Lo que estaban haciendo era un pecado, un taboo que la carcomía y, al mismo tiempo, la encendía.
—¿Estás bien, Bian? —preguntó Thiago, rompiendo el silencio denso del auto. Su voz era grave, con ese tono despreocupado que siempre usaba, pero había un filo de preocupación. La miró de reojo, y ella sintió que esos ojos oscuros le perforaban el alma.
Bianca se mordió el labio inferior, dudando. ¿Cómo le decía lo que le pasaba por la cabeza? ¿Cómo le confesaba que cada kilómetro que avanzaban la llenaba de culpa y, a la vez, de una excitación que no podía controlar? Finalmente, soltó un suspiro tembloroso y habló, con la voz baja, casi un susurro.
—No sé, Thiago. Esto… esto que estamos haciendo… es una locura. Si alguien se entera, si papá o mamá o cualquiera nos ve… estamos muertos. Es un desastre. Pero… —se detuvo, las mejillas ardiendo de vergüenza— no puedo parar de pensar en vos. En nosotros. En lo que hicimos la última vez.
Thiago soltó una risa seca, casi amarga, mientras giraba el volante con una mano y con la otra se rascaba la nuca.
—¿Y qué querés que te diga, hermanita? ¿Que no siento lo mismo? Porque mentiría. Cada vez que te miro, se me va la cabeza. Sé que está mal, sé que es un quilombo, pero… mierda, Bianca, no puedo evitarlo. Sos un veneno.
Ella giró la cabeza para mirarlo, los ojos brillándole con una mezcla de deseo y miedo.
—No soy yo el veneno, Thiago. Somos los dos. Esto nos va a destruir, y lo sabés. Pero… —su voz se quebró un poco— no quiero parar.
El silencio volvió a caer entre ellos, pero esta vez estaba cargado, eléctrico. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Bianca sentía el calor subiendo por su cuerpo, un cosquilleo que se instalaba entre sus piernas mientras recordaba la última vez que habían cruzado esa línea. Thiago, con esa sonrisa de chico malo, también parecía perdido en sus pensamientos, y ella notó cómo sus manos apretaban más el volante, como si intentara contenerse.
Después de lo que pareció una eternidad, un cartel iluminado apareció en la distancia: 'Motel El Descanso'. Thiago redujo la velocidad y giró hacia el estacionamiento polvoriento.
—Acá estamos —dijo, apagando el motor y poniéndose unos lentes de sol, a pesar de que era plena noche. Bianca se subió la campera hasta la nariz, intentando ocultar su rostro mientras bajaban del auto y caminaban hacia la recepción. El recepcionista, un tipo gordo y desaliñado, apenas les dedicó una mirada mientras Thiago pedía una habitación con un nombre falso.
—Pasen nomás, pareja —dijo el hombre con una sonrisa socarrona, entregándoles la llave. Bianca sintió que el corazón le latía en la garganta. Pareja. Esa palabra la golpeó como un puñetazo, pero también la hizo estremecer de una forma que no quería admitir.
Cuando llegaron a la habitación, Thiago cerró la puerta con un clic y se quitó los lentes, dejando que sus ojos oscuros se clavaran en ella. Bianca se quedó parada en el medio de la habitación, temblando, pero no de frío. Afuera, el mundo no existía. Acá, nadie sabía quiénes eran. Nadie sabía que eran hermanos. Y eso, de alguna manera retorcida, los liberaba.
—Entonces, ¿qué hacemos ahora, Bian? —preguntó Thiago, acercándose un paso, su voz baja y cargada de intención. Había un brillo peligroso en su mirada, y ella sintió que el aire se volvía más pesado.
—No sé —respondió ella, pero su cuerpo ya estaba traicionándola, acercándose a él casi sin darse cuenta. Sus pechos subían y bajaban con cada respiración rápida, y podía sentir cómo se humedecía, cómo su cuerpo pedía lo que su mente intentaba rechazar—. Esto está mal, Thiago. Muy mal.
Él sonrió, una sonrisa torcida y llena de promesas.
—Entonces, ¿por qué se siente tan bien? —dijo, y antes de que ella pudiera responder, acortó la distancia entre ellos. Sus manos se posaron en las caderas de Bianca, firmes, posesivas, mientras su boca buscaba la de ella con una urgencia que no dejaba lugar a dudas. Bianca intentó resistirse por un segundo, pero fue inútil. El calor de sus labios, el roce de su lengua, la hizo gemir contra su voluntad.
La culpa seguía ahí, quemándola por dentro, pero el placer era más fuerte. Sus manos se deslizaron por el pecho de Thiago, sintiendo cómo su corazón latía tan rápido como el suyo. Podía sentirlo, duro contra su cuerpo, y eso solo la hizo arder más. Estaba húmeda, desesperada, y sabía que no había vuelta atrás.
Justo cuando Thiago comenzaba a deslizar una mano bajo su remera, un golpe en la puerta los hizo congelarse.
—¿Bianca? ¿Thiago? ¿Son ustedes? —una voz familiar resonó desde el otro lado, y el mundo se les vino abajo. Era Lautaro, un amigo de la infancia que los conocía desde siempre. El pánico se apoderó de Bianca, pero Thiago, con una calma que ella no entendía, le hizo un gesto para que se quedara quieta.
La noche apenas comenzaba, y el peligro, mezclado con el deseo, solo hacía que todo fuera más intenso.
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