Capítulo 1: El Camino de la Tentación
El motor del auto rugía suavemente mientras la ruta se extendía como una cinta negra bajo las ruedas. Thiago, con una mano relajada sobre el volante y la otra tamborileando en el apoyabrazos, lanzaba miradas de reojo a Bianca, que iba sentada a su lado, con los lentes empañados por el nerviosismo y las manos apretadas sobre el regazo. El aire dentro del auto estaba cargado, no solo por el calor de la noche, sino por algo mucho más denso, más prohibido.
—¿Y si alguien nos vio salir juntos, Thiago? —dijo Bianca, su voz un susurro ansioso, mientras se ajustaba la campera modesta que escondía sus curvas. Sus grandes tetas redondas, un secreto bajo capas de ropa, se movían ligeramente con cada bache del camino.
Thiago soltó una risita sarcástica, su pelo oscuro cayendo desaliñado sobre la frente.
—¿Quién, ma? ¿El vecino que está más pendiente de su asado que de nosotros? Relajá, Bianca. Les dijimos a los viejos que yo me iba con los pibes y vos a un encuentro de la facu. Nadie va a sospechar una mierda.
Ella giró la cabeza, sus ojos marrones brillando tras los lentes con una mezcla de miedo y deseo.
—No es solo eso. Si alguien nos pesca… si se enteran de lo que somos… de lo que hacemos…
Thiago apretó el volante con más fuerza, su mandíbula tensa.
—No va a pasar. Por eso nos estamos yendo a este motel de mierda en el medio de la nada. Nadie nos conoce acá. Y, sinceramente, no me importa un carajo si nos escuchan. Quiero tenerte, Bianca. No aguanto más.
Ella se mordió el labio, un rubor subiendo por su piel pálida.
—Sos un enfermo, ¿sabés? Esto está mal. Re mal. Pero… yo tampoco puedo parar de pensar en vos.
El silencio que siguió fue eléctrico, cargado de una tensión que ambos conocían demasiado bien. Habían cruzado esa línea prohibida más de una vez, escondidos en los rincones oscuros de la casa familiar, pero siempre con el miedo de ser descubiertos. Este viaje era diferente. Era su chance de soltarse, de dejar que el deseo los consumiera sin restricciones.
Horas después, el cartel parpadeante de un motel de mala muerte apareció en el horizonte. Thiago estacionó el auto con un movimiento brusco, se calzó una gorra y unos lentes oscuros a pesar de la noche, mientras Bianca se subía el cierre de la campera hasta la nariz, mirando al suelo como si quisiera desaparecer. Entraron a la recepción con pasos rápidos, pidieron una habitación y agarraron la llave sin apenas mirar a la recepcionista.
Una vez dentro de la habitación, el clic de la cerradura resonó como un disparo. Bianca se quedó parada junto a la puerta, su respiración agitada, mientras Thiago tiraba la gorra al suelo y se giraba hacia ella con una mirada que ardía.
—¿Y ahora qué, eh? —dijo él, acercándose con pasos lentos, depredadores—. ¿Seguís con miedo o vas a dejar de hacerte la santita?
Bianca levantó la vista, sus mejillas rojas, pero con un destello de desafío en los ojos.
—No me hago la santita, boludo. Estoy cagada en las patas, pero no soy ninguna débil. Si vamos a hacer esto, lo hacemos bien. Pero si nos descubren, te juro que te mato.
Thiago sonrió, una sonrisa torcida y cargada de promesas.
—Esa es mi hermana. Vení acá.
Sin darle tiempo a responder, la atrajo hacia él, sus manos deslizándose bajo la campera para sentir la curva de su cintura. Bianca dejó escapar un jadeo, pero no se resistió. Sus labios se encontraron en un beso desesperado, hambriento, mientras la ropa comenzaba a caer al suelo. La modestia de Bianca se desvanecía con cada prenda, revelando su cuerpo, esas tetas redondas y perfectas que Thiago no podía dejar de mirar.
—Dios, Bianca… —murmuró él, su voz ronca, mientras sus manos recorrían su piel—. No sabés lo que me hacés.
Ella sonrió, un poco tímida pero con un brillo pícaro en los ojos.
—Callate y mostrame, entonces.
Thiago no necesitó más invitación. La empujó suavemente hacia la cama, sus manos y labios explorando cada rincón de su cuerpo, mientras el aire se llenaba de susurros y jadeos. El mundo afuera de esa habitación desapareció. Solo estaban ellos, el deseo, y el tabú que los unía de una manera que nadie más podría entender. Y estaban a punto de desatar todo lo que habían estado conteniendo por tanto tiempo.
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