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Ruta Prohibida

Ruta Prohibida

Capítulo 1: El Escape

La ruta se extendía como una cinta negra bajo la luz mortecina de la luna, el auto de los viejos cortando el silencio de la noche con un ronroneo constante. Thiago, con las manos firmes en el volante, echaba miradas de reojo a Bianca, que iba en el asiento del acompañante, los lentes reflejando las luces del tablero. Su pelo corto y moreno apenas se movía con el aire que entraba por la ventanilla entreabierta, y esa campera modesta que siempre llevaba puesta escondía mucho más de lo que cualquiera podría imaginar. Esas tetas redondas y perfectas que solo él conocía, esa piel pálida que se sonrojaba bajo sus dedos. Joder, tenía que concentrarse en la ruta.

—¿Y si alguien nos vio salir juntos? —dijo Bianca, rompiendo el silencio, su voz temblorosa pero con un filo de ansiedad que no podía disimular. Se ajustó los lentes y cruzó los brazos, como si eso pudiera protegerla del mundo entero—. Si papá o mamá se enteran de que no estoy en ningún encuentro de la facu, o de que vos no estás con tus amigos…

—Tranquila, Bi. Nadie nos vio. Y si alguien pregunta, tenemos las coartadas listas. —Thiago le dedicó una sonrisa torcida, de esas que siempre usaba para calmarla, aunque su tono tenía un dejo sarcástico—. Además, ¿quién va a sospechar de nosotros? Somos los hermanos perfectos, ¿no? El estudiante desaliñado y la nena tímida de la casa. Nadie se imagina lo que pasa cuando estamos solos.

Bianca lo miró de reojo, las mejillas ya empezando a teñirse de rojo. —No es gracioso, Thiago. Si alguien nos descubre, estamos fritos. No solo nos echan de casa, nos van a mirar como si fuéramos… no sé, unos enfermos.

—¿Y no lo somos? —replicó él, alzando una ceja mientras reducía la velocidad al acercarse a una curva. Su pelo oscuro caía desordenado sobre la frente, y esa mirada suya, intensa y cargada de deseo, hizo que Bianca apretara los muslos sin darse cuenta—. Mirá, Bi, lo que hacemos es un quilombo, sí. Es tabú, es peligroso, es todo lo que no deberíamos hacer. Pero, carajo, no puedo parar. Y sé que vos tampoco.

Ella desvió la mirada, mordiéndose el labio inferior. —No es que no quiera… Es que me da miedo. Pero cuando estoy con vos, se me olvida todo. Es como si el mundo desapareciera.

Thiago soltó una risita baja, casi un gruñido. —Eso es lo que me gusta de vos, hermanita. Esa mezcla de miedo y ganas. Me volvés loco.

El resto del viaje fue un juego de tensiones, palabras cargadas y silencios que pesaban más que cualquier conversación. Cuando finalmente llegaron al motel, un lugar perdido en medio de la nada, Thiago se bajó del auto con una gorra calada hasta las cejas y unos lentes oscuros que no tenían sentido a esa hora. Bianca, con la campera tapándole media cara, bajó la cabeza y lo siguió sin mirar a nadie. Pidieron una habitación con la voz baja, casi un murmullo, y cuando el recepcionista les entregó la llave, ambos sintieron un nudo en el estómago. Pero no era solo miedo. Era anticipación.

Apenas entraron a la habitación, cerraron la puerta con llave y el mundo exterior dejó de existir. Bianca se quedó parada cerca de la cama, todavía con la campera puesta, mientras Thiago se sacaba la gorra y los lentes, dejando que su mirada hambrienta la recorriera de arriba abajo.

—¿Seguís nerviosa? —preguntó él, acercándose con pasos lentos, como un depredador que sabe que tiene a su presa acorralada.

—Un poco —admitió ella, pero su voz ya no temblaba tanto. Había algo en sus ojos, un brillo de desafío—. Pero también estoy harta de esconderme. Si vamos a hacer esto, que sea a lo grande. Que valga la pena el riesgo.

Thiago sonrió, una sonrisa peligrosa y llena de promesas. —Esa es mi chica. —Sin darle tiempo a responder, se acercó y le bajó la campera de un tirón, dejando al descubierto esa figura que lo volvía loco. Sus manos se deslizaron por la cintura de Bianca, atrayéndola contra él, y ella no se resistió. Al contrario, levantó la barbilla y lo miró con una intensidad que lo desarmó.

—No te hagas el capo, Thiago. Sabés que si estoy acá es porque quiero, no porque me convenciste. —Su tono era cortante, pero sus manos ya estaban en el pecho de él, desabrochándole la camisa con dedos rápidos.

—Ah, ¿así que ahora sos vos la que manda? —respondió él, riendo mientras sus manos bajaban por la espalda de Bianca, apretándole el culo con fuerza—. Me gusta. Pero vamos a ver cuánto durás dándome órdenes cuando te tenga gimiendo.

Ella no tuvo tiempo de contestar. Thiago la empujó contra la cama, y en un movimiento rápido, le arrancó la remera, dejando al descubierto esas tetas que lo obsesionaban. Bianca soltó un jadeo, pero no había timidez en su mirada, solo fuego. Y cuando él se inclinó para devorarla, para saborear cada rincón de su cuerpo, ella arqueó la espalda y dejó que el mundo se desvaneciera en un torbellino de deseo prohibido.

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