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Secretos bajo el mostrador

Secretos bajo el mostrador

Capítulo 1: El juego prohibido

El calor del mediodía pegaba fuerte en el barrio, y el kiosco de los hermanos Gómez era un refugio para los vecinos que buscaban una gaseosa fría o un paquete de galletitas. Thiago, con su pelo oscuro y despeinado cayéndole sobre la frente, estaba detrás del mostrador, apoyado con esa pose de chico que sabe que tiene cierto encanto. A sus 22 años, era el encargado del negocio familiar mientras sus viejos estaban de viaje. El lugar estaba tranquilo, solo el zumbido de un ventilador viejo rompía el silencio. Pero bajo el mostrador, donde nadie podía ver, se escondía un secreto ardiente.

Bianca, su hermana menor de 19 años, estaba arrodillada en el suelo polvoriento, con su pelo corto moreno rozándole el cuello y sus lentes deslizándose por la nariz. Vestía una remera suelta y una pollera modesta, pero no había nada de tímido en cómo sus labios rodeaban la verga de Thiago. Lo hacía con una intensidad que no dejaba lugar a dudas: sabía exactamente lo que quería y cómo conseguirlo. Sus tetas grandes y redondas se apretaban contra sus rodillas mientras se movía, y sus ojos, aunque escondidos tras los cristales, brillaban con una mezcla de desafío y deseo. No era la chica dulce y callada que todos conocían en el barrio. Acá, en este rincón prohibido, era una fuerza imparable.

Thiago, tratando de mantener la compostura, se acomodó el jean como si nada, aunque su respiración estaba empezando a traicionarlo. 'Tranquilo, boludo, que no se note', se repetía mentalmente mientras sentía la boca caliente de Bianca trabajar sin descanso. Justo en ese momento, la campanita de la puerta sonó, y Marta, la vecina chusma de siempre, entró con su bolsa de tela colgando del brazo.

—Che, Thiago, ¿cómo andás, pibe? —dijo Marta con esa voz chillona que parecía perforar el aire—. ¿Todo bien por acá? Mirá que hace un calor que te cocina el cerebro.

Thiago forzó una sonrisa, apoyando los codos en el mostrador para disimular el temblor en sus piernas. —Todo piola, Marta. ¿Qué precisás? —respondió, mientras sentía cómo Bianca, lejos de detenerse, apretaba más fuerte con los labios, como si quisiera desafiarlo a mantener la calma.

—Ay, un par de cosas. Un paquete de fideos, una lata de tomate y… ¿tenés de esas galletitas que me gustan, las de chocolate? —Marta empezó a pasear la mirada por las estanterías, ajena al torbellino que sucedía a centímetros de ella.

—Sí, sí, tengo todo. Esperame que te lo busco —dijo Thiago, con la voz un poco más ronca de lo normal. Se inclinó apenas para agarrar los fideos, y aprovechó para lanzar una mirada rápida hacia abajo. Bianca lo miró de reojo, con una sonrisa traviesa en los labios antes de volver a meterse su cock bien duro en la boca. 'Sos una loca, ¿eh?', pensó él, pero no pudo evitar que un jadeo casi se le escapara.

Marta, mientras tanto, no paraba de hablar. —¿Y cómo anda la familia, Thiago? ¿Tu vieja sigue con eso de las manualidades? ¿Y tu hermana, Bianca? Hace rato que no la veo por el barrio. ¿Sigue siendo tan calladita como siempre?

Thiago soltó una risa seca, casi sarcástica, mientras sentía cómo Bianca aceleraba el ritmo, como si quisiera castigarlo por lo que estaba a punto de decir. —Sí, Marta, mi hermana es… bastante molesta, la verdad. No hablamos mucho, siempre está en la suya. —Mintió descaradamente, mientras su mano se apretaba contra el borde del mostrador para no dejar salir un gemido. Bianca, en respuesta, le dio un mordisquito juguetón que lo hizo tensarse de golpe. 'Hija de puta, me vas a matar', pensó, pero no pudo evitar que su cuerpo reaccionara, cada vez más hard, más al límite.

—¿Molesta? Ay, pero si siempre fue un amor, tan educadita —dijo Marta, frunciendo el ceño mientras rebuscaba monedas en su cartera—. Bueno, decile que pase a saludar un día de estos. Mirá, te dejo la plata exacta, ¿eh?

—Dale, Marta, no te preocupes —respondió Thiago, contando las monedas con una mano mientras la otra se aferraba al mostrador como si su vida dependiera de eso. Bianca no aflojaba, su boca caliente y wet lo llevaba al borde, y él sabía que no iba a aguantar mucho más. La sentía dripping de deseo, y el calor de su aliento lo estaba volviendo loco.

Marta finalmente se despidió con un 'nos vemos, pibe' y salió del kiosco, dejando la campanita resonando en el aire. Thiago esperó exactamente dos segundos antes de soltar un gruñido bajo, mirando hacia abajo con los ojos entrecerrados. —Sos una enferma, Bianca. ¿Querés que me dé un infarto o qué? —dijo, su voz cargada de tensión y deseo.

Ella levantó la mirada, limpiándose la comisura de la boca con el dorso de la mano, y le dedicó una sonrisa que era pura provocación. —Callate, Thiago. Si no te gusta, no te ponés tan duro. ¿O me vas a decir que no estás horny como un perro? —respondió, su tono afilado y sin un ápice de timidez.

Thiago la miró, sudando, panting, y supo que no había vuelta atrás. La tensión entre ellos era un incendio que no se iba a apagar con palabras. Se inclinó hacia abajo, agarrándola del brazo para levantarla con un movimiento rápido, y la empujó contra el mostrador, sin importar si alguien entraba o no. —Te voy a hacer pagar por esto, boluda —murmuró contra su oído, mientras sus manos ya buscaban el borde de su pollera, listos para desatar todo lo que habían estado conteniendo.

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