Capítulo 1: Susurros Prohibidos
Bianca estaba tirada en su cama, completamente en bolas, con las sábanas revueltas y el celular pegado a la oreja. Su pelo corto castaño caía desordenado sobre la almohada, y sus lentes descansaban olvidados en la mesita de noche. La piel blanca de su cuerpo brillaba con un leve sudor, sus curvas generosas y esas tetas grandes y redondas subiendo y bajando al ritmo de su respiración agitada. Hablaba con Camila, su amiga de la facu, pero su voz salía entrecortada, como si le costara encontrar las palabras.
—¿Che, Bian, estás bien? Te noto re rara —preguntó Camila del otro lado de la línea, con tono preocupado.
Bianca intentó sonar casual, pero un jadeo traicionero se le escapó. —Sí, todo piola, Cami. Solo... estoy un poco cansada, nada más.
Lo que Camila no sabía, y no podía saber, era que Thiago, el hermano mayor de Bianca, estaba entre sus piernas, devorándola con una hambre insaciable. Su pelo oscuro le caía en mechones desordenados mientras su lengua se movía sin piedad sobre la concha húmeda y caliente de Bianca, haciéndola temblar. Ella apretó los muslos contra su cabeza, tratando de contener los gemidos que amenazaban con delatarla.
Bianca tapó el micrófono del celular un segundo y bajó la mirada hacia Thiago, sus ojos brillando con una mezcla de deseo y bronca. —¡Boludo, pará un poco! ¿Querés que nos descubran? Si Cami se entera, se entera toda la facu. Y ni te cuento si llegan a saber papá y mamá. Nos matan.
Thiago levantó la cabeza apenas, con una sonrisa canchera y los labios brillosos de los jugos de su hermana. —¿Qué? ¿No te gusta cómo te como, hermanita? Mirá cómo estás, toda mojada y jadeando. No me vengas con que querés que pare.
—¡Sos un enfermo! —le susurró ella, pero no pudo evitar que un escalofrío le recorriera la espalda cuando él volvió a hundir la cara entre sus piernas, lamiendo con más ganas. Bianca volvió al teléfono, intentando mantener la compostura. —Perdón, Cami, me distraje. ¿Qué decías?
—¿Qué pasa, Bian? Estás como ida. ¿Segura que estás bien? —insistió Camila.
Bianca apretó los dientes mientras Thiago, sin ningún tipo de vergüenza, empezaba a desabrocharse el pantalón. Su pija ya estaba dura como piedra, y ella sabía lo que venía. —Sí, sí, todo bien. Es que... eh, Thiago entró a la pieza a buscar algo. Ya se va, tranqui.
—¿Thiago? ¿Y por qué no le decís que se apure? Che, te escucho re agitada —dijo Camila, con una risita sospechosa.
Bianca no pudo responder de inmediato. Thiago ya estaba encima de ella, empujando su verga gruesa dentro de su concha empapada, garchándola con una fuerza que le sacaba el aire. Ella se mordió el labio para no gritar, sus uñas clavándose en los hombros de él mientras intentaba seguir la conversación. —Sí, ya le dije, Cami. Es un pesado, vos sabés cómo es.
Thiago se inclinó hacia su oído, su aliento caliente contra su piel. —Pesado, ¿eh? Vamos a ver cuánto aguantás sin gritar mi nombre, Bian. Estás tan apretada que me volvés loco.
—¡Callate, idiota! —susurró ella, pero su cuerpo la traicionaba, arqueándose contra él, buscando más. El ritmo de Thiago era implacable, sus embestidas profundas, y Bianca sentía que estaba a punto de perder el control.
Del otro lado de la línea, Camila seguía hablando, ajena al pecado que se desataba en esa habitación. Bianca apenas podía seguirle el hilo, su mente nublada por el placer. Hasta que, con un último empujón brutal, Thiago se salió y explotó, su leche caliente salpicando la cara de Bianca. Ella jadeó, sorprendida, pero no perdió tiempo. Mientras Thiago se recostaba a su lado, todavía jadeando y sudando, Bianca se inclinó sobre él, limpiando los restos de semen de su pija con la lengua, saboreándolo sin pudor.
—Che, Cami, te dejo, ¿sí? Estoy re cansada, necesito dormir un rato —dijo Bianca, su voz ronca, mientras su boca seguía jugando con Thiago.
—Dale, descansá, loca. Hablamos mañana —respondió Camila, y cortó.
Bianca tiró el celular a un lado y miró a Thiago con una mezcla de furia y deseo. —Sos un hijo de puta, ¿sabías? Casi nos descubren.
Él se rió, pasándole un dedo por la mejilla para limpiar un resto de su semen. —¿Y qué? Mirá cómo terminaste, toda horny y chupándome la verga. No me vengas con que no te gustó.
Ella le dio un empujón, pero no pudo evitar sonreír. Esto era un juego peligroso, y ambos lo sabían. Pero, por ahora, el secreto seguía siendo solo de ellos.
Want to know how it ends?
This is just the opening chapter. Continue the saga — or write a steamy tale starring you.