Capítulo 1: El Silencio que Quema
La puerta principal se cerró con un golpe seco, y el eco de las voces de mamá y papá desvaneciéndose rumbo al súper llenó el aire de una tensión que Bianca ya conocía de memoria. Sus lentes se deslizaron un poco por su nariz mientras levantaba la mirada hacia Thiago, que estaba parado cerca del living con esa postura relajada pero alerta, como si siempre estuviera listo para algo. Su pelo oscuro, un poco despeinado, le caía sobre los ojos, y Bianca sintió ese cosquilleo familiar en la panza, una mezcla de nervios y deseo que la ponía loca.
—Poné la traba, Thiago —dijo ella, su voz bajita pero firme, mientras sus manos ya se movían hacia el borde de su remera gris, una prenda modesta que escondía todo lo que había debajo. Se la sacó de un tirón, dejando al descubierto su piel pálida y esas curvas que sabía que volvían loco a su hermano. Sus tetas grandes y redondas se movían apenas con cada respiración, y ella se mordió el labio, sabiendo el efecto que tenía.
Thiago giró la llave en la cerradura con una sonrisa torcida, sin apartar la vista de ella. —Che, Bian, ¿tan rápido? Ni dos minutos pasaron y ya estás en bolas. ¿No te da miedo que mamá y papá vuelvan de sorpresa? —preguntó, mientras se acercaba con pasos lentos, como un depredador que sabe que tiene a su presa donde quiere.
Bianca se cruzó de brazos, no por pudor, sino para provocarlo un poco más, dejando que sus tetas se apretaran entre sí. —Mirá quién habla, pelotudo. Como si vos no estuvieras ya pensando en cómo meterme la verga. Y sí, me da miedo, pero más miedo me da quedarme con las ganas —respondió, con una mezcla de culpa y descaro en la voz. Sus ojos brillaban detrás de los lentes, y aunque su tono era desafiante, había un temblor en sus manos. Sabía que esto estaba mal, que si los pillaban se armaba un quilombo de novela, pero el calor que le subía por el cuerpo era más fuerte que cualquier remordimiento.
Thiago soltó una risa baja, casi un gruñido, mientras se sacaba la remera y la tiraba al piso. Su torso delgado pero marcado quedó a la vista, y Bianca no pudo evitar morderse el labio otra vez. —Sos una enferma, Bian. Pero qué querés que haga, si me ponés así de duro con solo mirarme. Vení para acá, dale —dijo, estirando una mano hacia ella, sus ojos oscuros cargados de una lujuria que no dejaba lugar a dudas.
Ella dio un paso adelante, pero no sin antes mirarlo de arriba abajo con una ceja arqueada. —No me mandes, Thiago. Si querés algo, vení vos. No soy tu empleadita —replicó, con una sonrisa pícara que contrastaba con el rubor en sus mejillas. Pero no hizo falta que él se moviera, porque el aire entre ellos ya estaba cargado, eléctrico. Bianca se acercó, sus dedos rozando el borde del pantalón de Thiago mientras lo miraba a los ojos. —Si nos agarran, te juro que digo que fue todo idea tuya.
—Ja, como si alguien te creyera con esa carita de santa que tenés. Pero bueno, si nos agarran, al menos que valga la pena —respondió él, y sin más preámbulos, la agarró por la cintura y la pegó contra su cuerpo. Bianca sintió el bulto duro en los pantalones de Thiago contra su cadera y un jadeo se le escapó sin querer. La culpa seguía ahí, como una sombra, pero el calor de su piel contra la de ella, el olor de su colonia mezclado con algo más salvaje, la estaba volviendo loca.
—Pará un segundo, boludo. ¿Y si vuelven ahora? —preguntó ella, su voz entrecortada mientras sus manos ya estaban desabrochándole el cinturón. Pero no había verdadera intención de parar en sus palabras, solo un resto de conciencia que se desvanecía con cada roce.
Thiago le sonrió, con esa mezcla de arrogancia y deseo que la sacaba de quicio. —Que vuelvan. Total, no van a entrar sin hacer ruido. Y si entran, bueno, que vean cómo te hago gemir. —Sus palabras eran un desafío, y Bianca sintió cómo su concha se humedecía solo de escucharlo. Estaba harta de pelear contra lo que sentía, harta de la culpa. Quería sentirlo, quería que la hiciera suya otra vez.
Ella lo empujó contra el sillón, sorprendiéndolo, y se sentó a horcajadas sobre él. —Callate y haceme tuya, entonces. Pero rápido, que no tenemos todo el día —ordenó, su voz firme mientras sus manos bajaban el cierre de los pantalones de Thiago, liberando su verga dura y lista. La culpa seguía ahí, pero el placer que sabía que venía la opacaba todo. Sus respiraciones se mezclaban, jadeantes, y el calor entre ellos era insoportable. Esto recién empezaba, y Bianca sabía que no había vuelta atrás.
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