Capítulo 1: El Silencio Roto
El living de la casa estaba bañado por la luz tenue de la tarde que se colaba por las persianas a medio cerrar. Bianca, con su pelo corto castaño desordenado y sus lentes apoyados en la mesita de centro, estaba desnuda, su piel blanca brillando con un leve sudor mientras se movía con una mezcla de timidez y deseo. Sus curvas, generosas y bien definidas, se balanceaban al ritmo de su respiración agitada. Thiago, su hermano mayor, estaba sentado en el sillón, alto y delgado, con el pelo oscuro pegado a la frente por el calor del momento. Sus ojos no se despegaban de ella, de esas tetas grandes y redondas que se movían hipnóticas frente a él.
El silencio de la casa, vacía por la ausencia de sus padres que habían salido a hacer mandados todo el día, era solo interrumpido por los jadeos y el sonido de sus cuerpos chocando. Bianca, con una voz suave pero cargada de una picardía que solo salía en estos momentos, rompió el silencio.
—¿Querés que pidamos unas hamburguesas después? —preguntó, mientras subía y bajaba sobre la verga de Thiago, su tono casual como si estuvieran charlando de cualquier pavada.
Thiago soltó una risa corta, casi incrédula, mientras sus manos se aferraban a las caderas de su hermana. —¿En serio me estás hablando de comida ahora, Bian? Mirá cómo estoy, dura como una piedra, y vos pensando en burgers.
Ella sonrió, un destello de malicia en sus ojos marrones. —Bueno, che, hay que reponer energías. Esto de cogernos como animales cada vez que estamos solos me deja muerta. —Hizo una pausa, inclinándose hacia él, sus tetas rozando el pecho de Thiago mientras susurraba—: Además, hermano, ¿no te gusta que te mime después de hacerte acabar?
Thiago gruñó, el recordatorio de que eran hermanos siempre le pegaba como un latigazo de adrenalina. La culpa que alguna vez los había frenado ya no era más que un eco lejano. Habían estado jugando a este juego prohibido durante un año, y aunque al principio se escondían detrás de excusas, ahora lo aceptaban. Les gustaba. Les calentaba.
—Sos una enferma, ¿sabés? —dijo él, su voz ronca, mientras sus manos bajaban a apretar ese culo redondo y firme que lo volvía loco. —Pero no te voy a parar. Dale, seguí moviéndote así, que me tenés al palo.
Bianca se rió, un sonido dulce pero cargado de lujuria, y aceleró el ritmo, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba de placer. Estaba mojada, empapada, y el calor entre sus piernas era insoportable. —Mirá cómo me ponés, Thiago. Estoy chorreando por vos, hermano. ¿No te da orgullo hacerme esto? —dijo, desafiándolo con la mirada.
Él no pudo responder con palabras, solo con un gemido gutural mientras sus caderas se movían al compás de las de ella. El living se llenó de sus jadeos, del sonido húmedo de sus cuerpos, y de una tensión que estaba a punto de estallar. Bianca lo sintió, sabía que Thiago estaba al límite, y ella no estaba lejos. Sus músculos se apretaban alrededor de su cock, duro y pulsante, mientras el calor subía por su columna. Estaba sudando, panting, y tan horny que apenas podía pensar.
—Bian… no aguanto más… —murmuró Thiago, sus manos temblando mientras la miraba con desesperación.
Ella sonrió, una reina en control, y se inclinó hacia atrás, dándole una vista perfecta. —Entonces no te aguantes, hermanito. Quiero sentirte. Quiero todo. —Sus palabras fueron la chispa final, y el clímax se acercaba como una tormenta imparable.
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