Capítulo 1: El Juego Prohibido
La tarde caía lenta sobre el barrio tranquilo de Buenos Aires, con el sol colándose apenas por las persianas del living de la casa de los hermanos Gómez. Thiago, de 22 años, estaba tirado en el sillón, con el celular pegado a la oreja, hablando con su vieja que andaba por el súper. Su pelo oscuro, siempre un toque despeinado, le caía sobre la frente mientras asentía con desgano a lo que su mamá le decía. Alto y flaco, tenía esa pinta de pibe despreocupado, pero sus ojos oscuros escondían una tensión que no se le escapaba a nadie que lo conociera bien.
—¿Falta algo, ma? Mirá que no sé, creo que estamos bien por acá —dijo Thiago, con la voz medio cortada, tratando de sonar casual.
Frente a él, de rodillas sobre el piso de cerámica fría, estaba Bianca. Diecinueve años, pelo corto y moreno, ojos verdosos que brillaban detrás de unos lentes discretos. Su piel pálida contrastaba con la penumbra del living, y aunque solía vestirse con ropa modesta que escondía su cuerpo voluptuoso, ahora no había nada que cubriera sus curvas. Desnuda, con sus tetas grandes y redondas moviéndose al ritmo de su respiración, tenía la mirada fija en Thiago. En su boca, la verga de su hermano, dura como piedra, mientras sus labios se deslizaban con una mezcla de timidez y descaro.
De pronto, Bianca se apartó un segundo, dejando escapar un jadeo suave. Sus ojos se alzaron hacia Thiago, con una mezcla de dulzura y picardía que solo él entendía.
—Che, decile a mamá que no se olvide de la gaseosa. Esta noche vienen las chicas y no quiero quedar como una colgada —susurró, con una voz que era pura inocencia, aunque sus manos no dejaban de acariciar la base del miembro de Thiago.
Thiago tragó saliva, tratando de mantener la compostura mientras hablaba con su vieja.
—Ma, Bianca dice que traigas gaseosa, que hoy vienen unas amigas —dijo, con un hilo de voz, mientras sentía la lengua de su hermana volver a envolverlo sin piedad. Sus piernas se tensaron, y un calor insoportable le recorrió la espalda.
—¿Bianca está ahí con vos? —preguntó la madre desde el otro lado de la línea, con ese tono de curiosidad que siempre ponía nervioso a Thiago.
Él dudó, mirando a Bianca, que no paraba de chupársela, sus ojos verdes brillando con una mezcla de burla y deseo. Thiago intentó pensar rápido, pero su cabeza estaba nublada por el placer.
—Ehh, sí, está por acá, pero… no sé, está ocupada —balbuceó, mientras Bianca levantaba una ceja, claramente divertida con su torpeza.
Ella se apartó un segundo, dejando un rastro húmedo en sus labios, y susurró con una sonrisa pícara:
—Decile que estoy revisando unos apuntes de la facu, boludo. No seas tan obvio.
Thiago soltó una risa nerviosa, intentando disimular el jadeo que se le escapaba.
—Ma, dice que está con unos apuntes de la facu, no te preocupes —repitió, mientras Bianca volvía a hundir su boca en él, esta vez con más intensidad, como si quisiera desafiarlo a mantener la calma.
—Ah, bueno, está bien. Decile que no se olvide de ordenar un poco antes de que lleguen las amigas —respondió la madre, aparentemente satisfecha.
Thiago apenas pudo murmurar un “sí, ma” antes de que su respiración se volviera más pesada. Bianca, con una mirada de triunfo, aceleró el ritmo, sus manos y su boca trabajando en perfecta sincronía. La verga de Thiago estaba tan dura que parecía a punto de estallar, y el calor de su piel lo tenía sudando, con el corazón a mil.
—Sos una hija de puta, Bianca. ¿Querés que me corte el teléfono en la cara? —le gruñó Thiago en voz baja, aunque su tono estaba cargado de deseo más que de enojo.
Ella levantó la vista, sus labios todavía húmedos y brillantes, y le guiñó un ojo.
—No te hagas el santo, Thi. Sé que te encanta jugar con fuego. Además, ¿quién te manda a contestar el teléfono justo ahora? —respondió, con una voz ronca que destilaba confianza, antes de volver a hundirse en él, decidida a llevarlo al límite.
El living se llenó de un silencio cargado, solo roto por los jadeos apenas contenidos de Thiago y el sonido húmedo de Bianca devorándolo. Su coño ya estaba empapado, el deseo goteando por sus muslos mientras sentía el poder que tenía sobre su hermano. Estaba caliente, más que nunca, y sabía que esto era solo el comienzo de una noche que ninguno de los dos olvidaría.
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