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Secretos en la Casa de la Playa

Secretos en la Casa de la Playa

Capítulo 1: Un Día Caliente en la Piscina

El sol ardía sobre la casa de playa de la tía Mariana, un refugio de madera y cristal frente al mar. Después de un largo día en la arena, la madre de Javier, Clara, había salido a hacer compras, dejando a su hijo de 22 años y a su hermana Mariana solos en la casa. Javier estaba recostado en una tumbona junto a la piscina, con gafas de sol y un refresco en la mano, cuando Mariana salió con un bikini negro que apenas contenía sus curvas. Sus pies, bronceados y sudorosos por el calor, brillaban bajo la luz del sol mientras se acercaba con una botella de crema en la mano.

—¿Me haces un favor, sobrino? —dijo Mariana con una sonrisa traviesa, sentándose en la tumbona frente a él y extendiendo un pie—. Necesito que me pongas crema en los pies. Este calor me está matando, y no quiero que se me quemen.

Javier tragó saliva, sintiendo un calor que no tenía nada que ver con el sol. —Claro, tía. No hay problema —respondió, tratando de sonar casual mientras tomaba la botella. Sus manos temblaron ligeramente al aplicar la crema, masajeando los pies de Mariana con más cuidado del necesario. Ella lo miró con una ceja arqueada, notando cómo su respiración se aceleraba.

—Vaya, Javier, parece que estás disfrutando esto más de lo que deberías —dijo con una risa baja, moviendo los dedos de los pies bajo sus manos—. ¿Qué pasa, te gustan los pies de tu tía? Mira cómo estás, todo nervioso… y algo más, ¿no?

Javier se sonrojó, incapaz de ocultar la creciente tensión en sus shorts. —No es… no es eso, tía. Solo… hace calor, ¿sabes? —balbuceó, pero Mariana no lo dejó escapar tan fácil.

—No me mientas, cariño. Veo cómo miras. No solo a mí, sino también a los pies de tu madre. Esos pies enormes, monstruosos, ¿verdad? Apuesto a que te mueres por sentirlos sobre ti —dijo, su voz cargada de burla y seducción mientras deslizaba un pie más cerca de su entrepierna—. ¿Quieres que te dé un pequeño regalo con mis pies sudorosos? Prometo no contarle a nadie.

Javier se quedó congelado, su mente en un torbellino. Finalmente, con la voz ronca, asintió. —Sí… por favor.

Mariana sonrió con picardía, apoyando ambos pies sobre él, moviéndolos con una destreza que lo hizo jadear. El calor de su piel, el sudor resbalando entre sus dedos, lo tenía al borde de la locura. —Mírate, tan duro, tan desesperado por esto. Imagina si fuera Clara, con esos pies gigantes, aplastándote de placer. ¿No te gustaría que tu propia madre te hiciera esto? —susurró, sus palabras como veneno dulce mientras aceleraba el ritmo.

Javier estaba sudando, jadeando, perdido en la sensación de esos pies húmedos y calientes sobre su polla dura. No podía pensar, solo sentir, mientras Mariana seguía provocándolo con comentarios sobre su madre, plantando ideas que lo hacían arder aún más. Estaba a punto de estallar, su cuerpo temblando de deseo, cuando el sonido de la puerta principal los interrumpió. Clara había vuelto antes de lo esperado.

—¿Qué demonios está pasando aquí? —gritó Clara desde la entrada, su voz resonando como un trueno mientras los pasos de sus enormes pies se acercaban rápidamente.

Mariana, sin inmutarse, soltó una carcajada. —Tranquila, hermana. Solo le estoy dando a Javier un poco de… diversión. ¿No quieres unirte? Sé que tienes unos pies que podrían volverlo loco.

La tensión en el aire era palpable, y Javier sabía que lo que venía a continuación cambiaría todo.

Want to know how it ends?

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