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Secretos en la Casa

Secretos en la Casa

**Capítulo 1: Confesiones Peligrosas**

El aire en el departamento de Bianca estaba cargado de tensión, como si el mismísimo silencio supiera lo que se venía. Bianca, con su pelo castaño corto desordenado y los lentes deslizándose por su nariz, estaba sentada en el sillón con las piernas cruzadas, mirando fijo a Camila. Sus tetas grandes y redondas se marcaban bajo la remera ajustada, pero no había lugar para la seducción en ese momento. No, esto era una discusión seria. Camila, su amiga de la facu, tenía el celular de Bianca en la mano, con los ojos abiertos como platos mientras leía los mensajes que nunca debieron salir a la luz.

—¿Qué carajo es esto, Bianca? —preguntó Camila, su voz temblando entre la bronca y la incredulidad—. ¿De verdad estás escribiendo estas cosas con Thiago? ¿Con tu hermano?

Bianca suspiró, ajustándose los lentes con un movimiento nervioso. No había forma de esquivar esto. La verdad estaba ahí, escrita en negro sobre blanco, en un chat que nunca debió haber sido visto por nadie más.

—No te hagas la boluda, Cami. Sabés lo que leíste. Y sí, es verdad —dijo Bianca, su voz firme a pesar de la timidez que solía definirla. Sus ojos marrones brillaban con una mezcla de desafío y vergüenza—. Me estoy cogiendo a Thiago. Hace meses.

Camila se quedó helada, el celular casi se le cae de las manos. —¿Qué? ¿Estás loca? ¡Es tu hermano, Bianca! ¿Cómo podés siquiera...?

—No me vengas con moralinas, ¿eh? —la cortó Bianca, levantándose del sillón con una energía que Camila no le conocía—. Sé que está mal, ¿creés que no lo pienso todos los días? Pero no puedo evitarlo. Cuando estamos solos en casa... es como si el mundo se apagara. No hay reglas, no hay nada. Solo él y yo.

Camila tragó saliva, tratando de procesar lo que escuchaba. —¿Y qué? ¿Se la pasan garchando por todos lados como si nada? ¿En serio no hay un puto rincón de esta casa que no hayan... profanado?

Bianca soltó una risa amarga, casi sarcástica. —Ni te imaginás. La cocina, el living, mi cuarto, el de él... hasta el baño, Cami. No queda lugar donde no hayamos sentido esa calentura que nos quema. Y no, no me mires así. No soy una víctima. Lo quiero. Lo deseo. Y él a mí.

El silencio que siguió fue pesado, casi sofocante. Camila se pasó una mano por el pelo, claramente sin saber qué decir. Bianca aprovechó el momento para acercarse, su voz bajando a un tono más suave, casi suplicante.

—Mirá, Cami, sé que esto es una locura. Pero te pido por favor que no digas nada. Esto es nuestro, de Thiago y mío. Nadie más tiene por qué saberlo.

Camila la miró, todavía aturdida, pero finalmente asintió. —Está bien. No voy a decir nada. Pero, Bianca... esto es jodido. Muy jodido.

Bianca esbozó una sonrisa débil, agradecida, pero antes de que pudiera responder, la puerta del departamento se abrió de golpe. Thiago entró, alto y delgado, con el pelo oscuro despeinado como si acabara de salir de la cama. Sus ojos se encontraron con los de Bianca, y una chispa de deseo cruzó entre ellos, tan obvia que hasta Camila lo notó.

—Che, ¿todo bien por acá? —preguntó Thiago, su voz grave y casual, pero con un filo que delataba que sabía exactamente lo que estaba pasando.

Bianca lo miró, y una sonrisa traviesa se formó en sus labios. —Todo perfecto, hermanito. Cami ya se iba, ¿no?

Camila, incómoda, murmuró un rápido “sí” y agarró sus cosas, dejando a los hermanos solos. La puerta se cerró detrás de ella, y el ambiente cambió al instante. Thiago se acercó a Bianca, sus pasos lentos pero seguros, mientras ella se mordía el labio inferior, los ojos brillando de anticipación.

—¿Le contaste todo, eh? —dijo él, su mano deslizándose por la cintura de Bianca, atrayéndola contra su cuerpo—. Sos una bocona, pero me encanta.

—Callate, pelotudo —respondió ella, riendo, pero su risa se cortó cuando Thiago la empujó contra la pared, sus labios a centímetros de los suyos—. ¿Qué hacés? ¿Querés que nos escuchen los vecinos otra vez?

—Que se jodan los vecinos —gruñó él, su aliento caliente contra su piel—. Estoy duro desde que entré y te vi con esa remera. Sabés lo que me hacés, Bianca.

Ella jadeó, sintiendo cómo la presión de su cuerpo contra el suyo la encendía. Sus manos se deslizaron por el pecho de Thiago, bajando lentamente, mientras susurraba: —Entonces no perdamos tiempo, boludo. Quiero sentirte ya.

La ropa empezó a volar, el calor entre ellos creciendo con cada segundo. Bianca sabía que esto estaba mal, pero en ese momento, con Thiago tan cerca, su piel sudando contra la suya, no le importaba. Solo quería más.

Want to know how it ends?

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