Capítulo 1: Confesiones peligrosas
El aire en el patio trasero de la facu estaba cargado de tensión, como si el mismísimo calor de Buenos Aires en verano se hubiera metido entre Bianca y Camila. Bianca, con su pelo castaño corto desordenado por el viento, ajustaba nerviosa sus lentes sobre el puente de la nariz. Sus ojos, normalmente dulces y tímidos, ahora brillaban con una mezcla de miedo y desafío. Frente a ella, Camila, con el ceño fruncido y los brazos cruzados, sostenía el celular de Bianca como si fuera una bomba a punto de estallar.
—¿Qué carajo es esto, Bianca? —soltó Camila, su voz afilada como un cuchillo, mientras agitaba el teléfono frente a la cara de su amiga—. ¿De verdad estás escribiendo estas cosas con tu hermano? ¿Con Thiago? ¡Es una locura!
Bianca tragó saliva, sus mejillas blancas tiñéndose de un rojo furioso. Sus tetas grandes y redondas subían y bajaban con cada respiración agitada bajo la remera ajustada. No había escapatoria. Camila había leído los mensajes, esos que nunca debieron salir a la luz. Esos que hablaban de noches prohibidas, de manos que se buscaban en la oscuridad, de gemidos ahogados en las paredes de una casa que guardaba secretos oscuros.
—No es lo que pensás… —empezó Bianca, pero su voz tembló, traicionándola.
—¿Ah, no? —Camila alzó una ceja, su tono cargado de sarcasmo—. Porque acá dice clarito que Thiago te ‘rompió el orto anoche en la cocina’. ¿Eso no es lo que pienso? ¿O me estás tomando por pelotuda?
Bianca apretó los puños, sus uñas clavándose en las palmas. No era una chica de rendirse fácil, aunque su timidez siempre la había hecho parecer frágil. Pero esta vez, no iba a dejar que la acorralaran. Miró a Camila directo a los ojos, con una intensidad que hizo que la otra diera un paso atrás.
—Está bien, ¿querés la verdad? Sí, me estoy cogiendo a mi hermano. ¿Contenta? —dijo, su voz baja pero firme, como si cada palabra fuera un golpe—. Cada vez que estamos solos en casa, no podemos parar. Lo sabemos, Cami. Sabemos que está mal, que es una locura, pero no podemos evitarlo. Es como un fuego que nos quema por dentro.
Camila se quedó helada, la boca entreabierta, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar. Sus ojos se movían de un lado a otro, como buscando una explicación lógica en el aire caliente de la tarde.
—¿Me estás jodiendo? —murmuró finalmente, casi en un susurro—. ¿De verdad garchan por toda la casa? ¿No hay un puto rincón que no hayan profanado con… eso?
Bianca soltó una risa amarga, casi burlona, mientras se cruzaba de brazos, imitando la postura de su amiga.
—¿Profanado? Mirá cómo hablás, Cami. No somos santos, pero tampoco demonios. Sí, lo hicimos en todos lados. En el living, en mi pieza, en la ducha… hasta en el patio trasero una noche que los viejos no estaban. Y no me mires con esa cara de horror, porque no soy una víctima. Lo quiero. Lo deseo. Y él también.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Camila bajó la mirada, todavía sosteniendo el celular como si quemara. Bianca dio un paso hacia ella, su voz suavizándose pero sin perder esa fuerza que la hacía parecer invencible en ese momento.
—No le contés a nadie, Cami. Por favor. Esto nos destruiría si se sabe. A mí, a Thiago, a toda la familia. Guardá el secreto, te lo pido.
Camila levantó la vista, sus ojos llenos de conflicto. Finalmente, asintió lentamente, devolviéndole el celular.
—Está bien. No digo nada. Pero, Bianca… esto es heavy. No sé cómo vas a manejar algo así sin que te explote en la cara.
Bianca sonrió de lado, un gesto que tenía más de alivio que de alegría.
—Gracias. Y no te preocupes, sé lo que hago. O al menos, eso me digo.
Esa noche, cuando Bianca llegó a casa, el aire estaba cargado de una electricidad diferente. Thiago estaba en la cocina, con el pelo oscuro despeinado como siempre, apoyado contra la mesada con una birra en la mano. Su cuerpo alto y delgado parecía relajado, pero sus ojos la devoraban desde el momento en que entró. Ella cerró la puerta detrás suyo, el sonido resonando como un disparo en el silencio.
—¿Todo bien, Bian? —preguntó él, su voz grave y cargada de una intención que ella conocía demasiado bien.
Bianca dejó caer su mochila al suelo y se acercó, sus pasos lentos pero decididos. Sus tetas se movían con cada movimiento, y ella sabía que él no podía apartar la mirada.
—Casi me descubren hoy —dijo, deteniéndose a centímetros de él, su aliento mezclándose con el suyo—. Camila leyó los mensajes. Tuve que contarle todo.
Thiago alzó una ceja, dejando la birra sobre la mesada sin apartar la vista de ella.
—¿Y qué le dijiste? —preguntó, su mano deslizándose lentamente por la cintura de Bianca, atrayéndola más cerca.
—Que me cogés como si no hubiera un mañana. Que no dejamos rincón sin probar. Que estoy tan caliente por vos que no puedo pensar en otra cosa —susurró ella, su voz ronca, mientras sus dedos se deslizaban por el pecho de él, sintiendo cómo su respiración se aceleraba.
Thiago soltó una risa baja, casi un gruñido, mientras sus manos bajaban a apretar el culo de Bianca con fuerza.
—Sos una loca, ¿sabés? Pero me encanta. Vení, que esta noche no pienso dejarte dormir.
Ella sonrió, sus labios a milímetros de los de él, mientras el calor entre sus cuerpos crecía como una fogata descontrolada. Sabía lo que venía: una noche de sudor, jadeos y deseo puro, donde su cuerpo se rendiría al de Thiago, donde su coño estaría húmedo y listo para él, donde su verga dura la llenaría hasta hacerla gritar. Pero por ahora, solo se miraron, la promesa de lo prohibido brillando en sus ojos.
Want to know how it ends?
This is just the opening chapter. Continue the saga — or write a steamy tale starring you.