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Secretos en la penumbra

Secretos en la penumbra

Capítulo 1: Susurros en el colectivo

El colectivo traqueteaba por las calles de Buenos Aires, con el ruido del motor y el murmullo de los pasajeros como telón de fondo. Bianca, con su cabello moreno corto y sus lentes deslizándose por el puente de su nariz, miraba por la ventana con aire distraído. Sus ojos verdosos parecían perdidos en algún pensamiento lejano, mientras su piel pálida contrastaba con el rojo de sus mejillas, traicionando un nerviosismo que no podía ocultar. A su lado, Camila, su amiga de la facu, no paraba de hablar, gesticulando con las manos y soltando quejas sobre su hermano Fede.

—Te juro, Bianca, no lo banco más. Fede es un insoportable. Ayer discutimos porque se comió mi porción de milanesas sin preguntar. ¿Cómo hacés para llevarte bien con Thiago? —preguntó Camila, girando la cabeza hacia ella con una mezcla de curiosidad y exasperación.

Bianca sintió un nudo en el estómago. Sus dedos se apretaron contra el borde de su mochila, y un calor incómodo le subió por el cuello. ¿Qué podía decir? ¿Que su relación con Thiago no tenía nada de ‘normal’? ¿Que lo que compartían era un secreto tan oscuro que, si salía a la luz, les arruinaría la vida a ambos? Tragó saliva y forzó una sonrisa tímida.

—Eh, no sé… cosas de hermanos, ¿viste? Tipo… ver pelis juntos o jugar a juegos de mesa —mintió, bajando la mirada para evitar los ojos inquisitivos de Camila.

Camila arqueó una ceja, notando el tono vacilante de su amiga, pero no insistió. En cambio, siguió con su diatriba contra Fede.

—Mirá, yo no juego a nada con ese idiota. Cada vez que nos sentamos a comer, es un drama. ‘Pasame la sal’, ‘No, yo la pedí primero’. ¡Me saca de quicio! —dijo, imitando la voz de su hermano con un tono burlón.

Mientras Camila hablaba, la mente de Bianca se escapó a otro lugar. Recordó una tarde en la cocina de su casa, cuando sus padres no estaban. Thiago, alto y delgado, con su cabello oscuro despeinado, la había arrinconado contra la mesada. Sus manos fuertes le habían levantado la remera, y ella, lejos de resistirse, lo había empujado con una mezcla de deseo y urgencia. Sus tetas grandes y redondas se apretaban contra el pecho de él mientras lo besaba con hambre, sus cuerpos sudando bajo la luz tenue de la tarde. Había sentido su verga dura contra su cadera, y no pudo evitar jadear cuando él la levantó y la sentó en la mesada, listo para devorarla.

—¿Y vos? ¿Nunca discutís con Thiago por boludeces? —preguntó Camila, sacándola de su ensoñación.

Bianca parpadeó, volviendo al presente. Su corazón latía rápido, y un calor húmedo y traicionero se acumulaba entre sus piernas al recordar esa tarde. Se aclaró la garganta, incómoda.

—No, no mucho… —respondió, con la voz algo ronca.

Camila siguió, ajena al torbellino de pensamientos de su amiga. —Yo, cuando no lo soporto, me encierro en mi pieza y cierro la puerta con llave. No quiero ni escuchar su voz.

Otro recuerdo golpeó a Bianca como un rayo. Las noches en las que se escabullía al cuarto de Thiago, cerrando la puerta con sigilo para que nadie escuchara. Se arrodillaba frente a él, sus ojos brillando de deseo mientras desabrochaba su pantalón. La imagen de su verga dura frente a su cara la hacía salivar, y el sabor salado de su piel mientras se la metía en la boca era algo que no podía olvidar. Lo chupaba con una intensidad que la dejaba jadeando, su propia excitación goteando por sus muslos mientras él gemía su nombre en susurros.

—¿Estás bien, Bianca? Te veo re distraída —dijo Camila, frunciendo el ceño con preocupación.

Bianca se enderezó de golpe, forzando una sonrisa. —Sí, sí, todo piola. Solo estoy cansada de la facu, nada más.

Camila asintió, no del todo convencida, pero no insistió. Un par de paradas después, se despidió con un abrazo rápido y se bajó del colectivo, dejando a Bianca sola con sus pensamientos. La chica de cabello corto apoyó la cabeza contra el vidrio, su respiración algo agitada. Sabía que no podía seguir así, escondiendo un secreto tan pesado. Pero también sabía que, esa noche, cuando llegara a casa y viera a Thiago, no podría resistirse. El deseo la consumía, y la idea de tenerlo otra vez, de sentirlo dentro de ella, la hacía arder de una manera que no podía controlar.

Want to know how it ends?

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