Capítulo 1: Susurros prohibidos
El comedor de la casa estaba en penumbra, apenas iluminado por el resplandor mortecino de una lámpara vieja en la esquina. Bianca, con su pelo corto y moreno cayendo en mechones desordenados sobre sus lentes, estaba sentada en una silla, sus manos temblando ligeramente mientras se ajustaba la remera holgada que escondía sus curvas generosas. Nadie lo diría viéndola así, tan modesta, tan tímida, pero bajo esa ropa se ocultaban unas tetas redondas y llenas que harían girar cabezas si alguna vez se animara a mostrarlas. Frente a ella, Thiago, su hermano mayor, se recostaba contra la mesa, alto y desgarbado, con el pelo oscuro despeinado y una sonrisa sarcástica jugando en sus labios.
—¿Y si nos descubren, Thiago? —dijo Bianca, su voz un susurro cargado de ansiedad, mientras sus ojos marrones brillaban con una mezcla de miedo y deseo detrás de los cristales de sus lentes—. Esto que hacemos... es una locura. Si alguien se entera, estamos acabados. La familia, los vecinos... ¡nos van a destrozar!
Thiago soltó una risita baja, inclinándose hacia ella con esa actitud despreocupada que siempre lograba desarmarla.
—Tranquila, Bian. Nadie va a sospechar nada. ¿Quién va a pensar que la dulce y calladita Bianca se manda estas cosas con su hermano? Sos un libro cerrado, hermanita. Y yo... bueno, yo sé guardar secretos.
Ella frunció el ceño, cruzándose de brazos, aunque el rubor en sus mejillas pálidas la delataba.
—No es gracioso, boludo. Mirá lo que estamos haciendo ahora mismo. Estoy... —bajó la voz, como si las paredes pudieran escuchar— chupándote la verga en el medio del comedor, Thiago. ¡En el comedor! ¿Y si entra alguien? ¿Y si mamá o papá se olvidaron algo y vuelven de golpe?
Thiago levantó una ceja, su sonrisa ensanchándose mientras se acercaba un paso más, su mano deslizándose con descaro por el borde de la mesa.
—Entonces vas a tener que ser rápida, ¿no? Además, te encanta el riesgo, no me vengas con pavadas. Si no, no estarías acá, arrodillándote por mí cada vez que estamos solos.
Bianca lo fulminó con la mirada, pero no pudo evitar que sus labios se curvaran en una mueca de resignación. Había algo en la voz de Thiago, en esa mezcla de burla y deseo crudo, que la hacía derretirse por dentro. Se deslizó de la silla, cayendo de rodillas frente a él, sus manos subiendo por los muslos de su hermano mientras lo miraba con una intensidad que contrastaba con su timidez habitual.
—Sos un hijo de puta, ¿sabés? —murmuró, su voz ronca mientras desabrochaba el pantalón de Thiago con dedos hábiles—. Pero si nos agarran, te juro que te echo la culpa a vos.
Thiago soltó una carcajada, su respiración volviéndose más pesada mientras sentía las manos de Bianca liberarlo.
—Dale, hermanita. Culpa mía. Pero ahora concentrate, que no quiero que te distraigas.
Ella no respondió, pero sus ojos brillaron con una chispa de desafío mientras se inclinaba hacia adelante, su boca acercándose peligrosamente a él. El aire entre ellos se cargó de una tensión eléctrica, el silencio del comedor roto solo por el sonido de sus respiraciones aceleradas. Bianca sabía que esto estaba mal, que cada roce, cada susurro, los acercaba más al borde del desastre. Pero en ese momento, con Thiago tan cerca, tan duro bajo su toque, no podía pensar en nada más que en el calor que la consumía. Sus labios apenas rozaron su piel, y un jadeo escapó de la garganta de Thiago, prometiendo un incendio que ninguno de los dos podría apagar.
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