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Secretos en la penumbra

Secretos en la penumbra

**Capítulo 1: El peso del silencio**

Bianca se miró al espejo del baño, las manos temblándole mientras ajustaba sus lentes sobre el puente de la nariz. Su pelo castaño corto estaba desordenado, y aunque su ropa modesta –una remera gris holgada y un jean gastado– escondía las curvas de su cuerpo, no podía evitar sentir que todos la miraban. Que todos *sabían*. Anoche había cruzado una línea que nunca pensó que cruzaría. Thiago, su hermano, y ella… Dios, ni siquiera podía ponerlo en palabras sin que el calor le subiera a las mejillas. Se había cogido a su hermano. Y ahora, cada ruido, cada mirada, cada comentario en la casa parecía un dedo acusador.

Bajó las escaleras con el corazón latiendo a mil, tratando de parecer normal mientras entraba a la cocina. Thiago estaba ahí, apoyado contra la mesada, con una taza de café en la mano. Su pelo oscuro, ligeramente despeinado, le caía sobre la frente, y su mirada se clavó en ella apenas entró. Bianca sintió un nudo en el estómago. ¿Y si alguien notaba cómo la miraba? ¿Y si él decía algo sin querer?

—Che, Bian, ¿dormiste bien? —preguntó Thiago, con una sonrisa ladeada que a ella le pareció demasiado cargada de intención. Su voz era casual, pero Bianca juró que había un brillo en sus ojos, como si estuviera jugando con ella.

—¿Q-qué? Sí, claro, re bien —balbuceó, evitando mirarlo mientras se servía un vaso de agua con manos torpes. El vidrio casi se le resbala. Sentía la piel ardiendo, como si el recuerdo de anoche –sus manos en su cintura, su aliento en su cuello– estuviera tatuado en cada rincón de su cuerpo.

Thiago levantó una ceja, dando un sorbo al café sin apartar la vista. —Parecés nerviosa, ¿todo piola? Mirá que si tenés algo que contarme… —dejó la frase colgando, y Bianca casi se atraganta con el agua.

—¿Contarte? ¿Qué voy a tener para contarte? ¡Nada! —respondió demasiado rápido, su voz un tono más alto de lo normal. Se giró hacia el fregadero, dándole la espalda, pero podía sentir esos ojos oscuros perforándola. ¿Era su imaginación o Thiago estaba disfrutando verla así, hecha un manojo de nervios?

—Relajate, Bian, no te estoy interrogando —dijo él, riéndose bajito. Pero había algo en esa risa, algo que la ponía más paranoica. Se acercó un paso, y ella se tensó, el aroma de su colonia invadiendo su espacio. —Solo digo que si tenés un secreto, sabés que conmigo está seguro, ¿no? —susurró, tan cerca que Bianca sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Ella giró la cabeza apenas, sus ojos encontrándose con los de él. Había una chispa ahí, un desafío. Y de repente, el aire entre ellos se volvió denso, cargado de una tensión que no debería existir. Bianca abrió la boca para responder, pero las palabras se le atoraron. Recordó cómo anoche, en la oscuridad de su cuarto, Thiago la había tocado con una urgencia que la hizo perder el control. Cómo sus manos habían recorrido su piel blanca, cómo sus pechos grandes y redondos habían estado bajo su mirada hambrienta.

—Thiago, por favor… —murmuró, su voz apenas un hilo, pero no sabía si le estaba pidiendo que parara o que siguiera. Su cuerpo traicionero reaccionaba a su cercanía, un calor húmedo creciendo entre sus piernas. Estaba tan nerviosa, tan aterrada de que alguien entrara y los viera así, pero al mismo tiempo, una parte de ella quería que él la tomara ahí mismo, contra la mesada.

Él sonrió, un gesto lento y peligroso, y se inclinó un poco más, sus labios a centímetros de su oído. —Tranquila, Bian. Nadie sabe nada. Pero si seguís mirándome así, no sé cuánto voy a poder aguantar sin… —dejó la frase inconclusa, pero el tono de su voz era una promesa.

Bianca tragó saliva, su corazón latiendo tan fuerte que pensó que se le iba a salir del pecho. Estaba sudando, el deseo y el miedo mezclándose en una tormenta dentro de ella. Sabía que tenía que alejarse, que esto era una locura, pero cuando Thiago rozó apenas su cadera con la mano, sintió que su voluntad se desvanecía. Estaba dura, podía sentirlo a través de la tela de su pantalón, y eso solo hizo que su cuerpo se encendiera más. Quería gritarle que parara, pero también quería que la tomara, que la hiciera suya otra vez, que le recordara cómo se sentía tenerlo dentro.

La puerta de la cocina se abrió de golpe, y Bianca dio un salto hacia atrás, casi tirando el vaso. Era Camila, su mejor amiga, que entró con una sonrisa despreocupada. —¿Qué pasa, chicos? ¿Por qué están tan serios? —preguntó, ajena a la electricidad que chisporroteaba entre ellos.

Bianca forzó una sonrisa, su mente corriendo a mil por hora. ¿Habría visto algo? ¿Sospecharía? Pero Thiago, como si nada, se encogió de hombros y respondió con un tono relajado: —Nada, Cami, solo charlando. ¿Querés un café? —Mientras tanto, sus ojos volvieron a Bianca, y ella supo que esto no había terminado. No iba a terminar. Y aunque el miedo la carcomía, una parte de ella, la más oscura y deseosa, estaba ansiosa por lo que vendría después.

Want to know how it ends?

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