Capítulo 1: El peso de la verdad
El aire en el patio trasero de la facu estaba cargado de tensión, como si el mismísimo calor de Buenos Aires en verano se hubiera confabulado para apretar el nudo en el pecho de Bianca. Con su pelo corto castaño cayendo desordenado sobre los hombros y los lentes resbalando por su nariz, se cruzó de brazos, intentando parecer más segura de lo que realmente estaba. Sus curvas, escondidas bajo una remera holgada y unos jeans gastados, no pasaban desapercibidas, pero su mirada tímida siempre desviaba la atención. Frente a ella, Camila, su amiga de toda la carrera, la miraba con una mezcla de incredulidad y reproche, los ojos entrecerrados y los labios fruncidos.
—¿En serio, Bianca? ¿Con tu hermano? —dijo Camila, bajando la voz hasta un susurro afilado, como si las palabras mismas fueran un puñal—. Los vi, ¿sabés? Hace media hora, atrás del gimnasio. No me lo puedo sacar de la cabeza. ¿Qué carajo estás haciendo?
Bianca sintió que el suelo se le movía bajo los pies. Sus mejillas se tiñeron de un rojo furioso, pero no bajó la mirada. Aunque su voz tembló al principio, había una chispa de determinación en ella.
—No es algo que planeé, Cami. No es que me levanté un día y dije ‘che, voy a tirarme a Thiago’. Pasó y… no puedo parar. No quiero parar. —Hizo una pausa, mordiéndose el labio inferior, y agregó con un hilo de voz—: Es como una droga, ¿entendés? No sé cómo explicarlo.
Camila soltó una risa seca, casi burlona, mientras se pasaba una mano por el pelo.
—¿Una droga? Ay, por favor, Bianca. Es tu hermano, no un porro que te fumás en una fiesta. Si yo los descubrí, cualquiera puede. ¿Qué pasa si alguien más los ve? ¿Si se enteran en la familia? Esto no es un juego, boluda.
Bianca apretó los puños, sus uñas clavándose en las palmas. Sabía que Camila tenía razón, pero la sola idea de cortar con Thiago le revolvía el estómago. Recordó el calor de su piel, la forma en que su cuerpo alto y delgado la envolvía, el roce de su pelo oscuro contra su cuello. Y, sobre todo, no podía sacarse de la cabeza esa sensación de tenerlo dentro, duro, implacable, haciéndola temblar de una manera que nada ni nadie más lograba. Se humedeció los labios instintivamente, y Camila lo notó.
—No me mires así, Cami. No estoy pidiendo tu aprobación. Solo te pido que no digas nada. Por favor. —Su voz era un ruego, pero había firmeza en ella. No iba a ceder, no en esto.
Camila suspiró, mirando al cielo como si buscara paciencia divina. Finalmente, asintió con un gesto seco.
—Está bien. No voy a abrir la boca. Pero te juro que si esto se descontrola, no me hago responsable. Vos sabés lo que estás arriesgando, Bianca. Y no es poco.
Bianca soltó el aire que había estado conteniendo, un alivio momentáneo que no duró mucho. Porque en ese mismo instante, a lo lejos, vio a Thiago caminando hacia el edificio principal, con esa postura relajada pero confiada que siempre la volvía loca. Sus ojos se encontraron por un segundo, y una corriente eléctrica le recorrió la espalda. Sabía que esa noche, cuando todos durmieran, él estaría esperándola en su cuarto. Y ella no iba a poder resistirse. Ya podía sentir el calor creciendo entre sus piernas, la anticipación de tenerlo cerca, de tocarlo, de sentir su verga dura contra su piel, de perderse en ese deseo prohibido que la consumía.
—Gracias, Cami —murmuró, sin apartar la mirada de Thiago, mientras su mente ya estaba en otro lado, imaginando el momento en que sus manos lo recorrerían todo, en que su boca lo devoraría. Y sabía que, aunque el mundo entero se pusiera en contra, no iba a parar. No podía.
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