Capítulo 1: Confesiones en la Oscuridad
Soy Bianca, tengo 19 años, y no, no soy como las demás pibas de mi edad. No me interesa salir a bailar ni engancharme con cualquier tipo que me tire un piropo berreta en la calle. Mi vida es... diferente. Mirame, con mi pelo castaño cortito, mis lentes que siempre se me resbalan por la nariz, y esta piel blanca que parece no haber visto el sol en años. Parezco la típica nerd tímida, ¿no? Pero detrás de esta fachada dulce y amable, hay un secreto que me quema por dentro. Un secreto que no debería existir, pero que me hace sentir viva como nada más en este mundo.
Estoy sentada en este sillón incómodo, con las manos apretadas sobre mi regazo, mientras miro a la psicóloga que tengo enfrente. Ella no tiene idea de lo que estoy por soltarle. Pero necesito sacarlo, porque si no, voy a explotar. Mi voz tiembla un poco cuando arranco, pero no me detengo.
—Doctora, no sé cómo empezar con esto... No soy normal. Lo que tengo con mi hermano, Thiago, no es algo que la gente entienda. No es algo que se pueda contar en una mesa familiar, ¿me entendés? Pero es real. Es nuestro.
Thiago tiene 22 años, es alto, flaco, con ese pelo oscuro siempre un poco despeinado que le da un aire de rebelde sin esfuerzo. Es mi hermano mayor, el que siempre me cuidó, el que me hacía reír cuando me sentía una boluda en el colegio. Pero hace un tiempo, las cosas cambiaron. Cuando nuestros viejos no están, la casa se convierte en nuestro playground. Un lugar donde las reglas no existen.
Todo empezó una noche que nos quedamos solos. Yo estaba en mi pieza, leyendo, cuando él entró sin golpear. Se apoyó en el marco de la puerta, con esa sonrisa canchera que me desarma, y me dijo:
—Che, Bian, ¿qué hacés tan seria? Vení, relajate un rato conmigo.
Yo sabía que no era una invitación inocente. Lo vi en sus ojos, en cómo se mordía el labio mientras me miraba de arriba abajo. Y, aunque una parte de mí gritaba que estaba mal, otra parte —la más fuerte— quería seguirle el juego. Me levanté, dejando el libro tirado en la cama, y me acerqué a él. El aire entre nosotros estaba cargado, como si supiéramos lo que iba a pasar antes de que pasara.
—¿Relajarme cómo, Thiago? —le contesté, arqueando una ceja detrás de mis lentes. No soy de las que se quedan calladas, aunque mi corazón latía como un tambor.
Él se rió, esa risa grave que me hace temblar, y se acercó más. Su mano rozó mi mejilla, y su voz bajó a un susurro.
—Sabés cómo, boluda. No te hagas la inocente.
No me hice la inocente. No quise. En ese momento, todo lo que era correcto o incorrecto se desvaneció. Nos duchamos juntos esa noche, el agua caliente cayendo sobre nosotros mientras nuestras manos exploraban cada rincón del otro. Dormimos desnudos, pegados, sintiendo el calor de nuestras pieles. Y no paramos ahí. Cada vez que estamos solos, es una locura. En mi pieza, en la suya, en el baño, en la cocina... hasta en el sillón del living, donde cualquiera podría entrar y encontrarnos.
—¿Y no te da miedo que los descubran? —me interrumpe la psicóloga, con una mezcla de curiosidad y preocupación en la voz.
Me río, un poco nerviosa, mientras me ajusto los lentes.
—Claro que me da miedo. Pero es más fuerte lo otro, ¿sabés? Esa necesidad de tenerlo cerca, de sentirlo. No sé cómo explicarlo, pero cuando estoy con Thiago, todo lo demás desaparece.
Recuerdo la última vez, hace apenas unos días. Estábamos en la cocina, yo preparando algo para comer, cuando él se acercó por detrás. Sus manos se deslizaron por mi cintura, y su aliento caliente me rozó el cuello.
—Estás muy concentrada, eh. ¿No querés un descanso? —murmuró, y sentí cómo su cuerpo se pegaba al mío, duro, insistente.
—Thiago, pará, estoy con el cuchillo en la mano —le dije, tratando de sonar seria, pero mi voz ya estaba quebrándose de deseo.
—Entonces soltalo, Bian. Sabés que no podés resistirte a mí —respondió, y giró mi cara para besarme con una intensidad que me dejó sin aire.
La cocina se convirtió en un campo de batalla. Mis manos temblaban mientras lo tocaba, sintiendo lo duro que estaba bajo mis dedos. Su respiración se volvía pesada, y yo ya estaba húmeda, deseándolo con cada fibra de mi ser. Nos movimos rápido, sin pensar, sin importar nada más. Mi cuerpo ardía, y sabía que no había vuelta atrás.
Miro a la psicóloga, que sigue esperando que continúe. No sé si estoy lista para contarle todo, pero algo dentro de mí me empuja a seguir. Este secreto me pesa, pero también me define. Y mientras pienso en Thiago, en su piel contra la mía, sé que no puedo parar de hablar. No todavía.
Want to know how it ends?
This is just the opening chapter. Continue the saga — or write a steamy tale starring you.