Capítulo 1: Confesiones a Media Voz
Bianca se sentó en el sillón de la consulta, ajustándose los lentes con un movimiento nervioso. El pelo corto y castaño le caía en mechones desordenados sobre la frente, y su ropa modesta —una remera holgada y unos jeans gastados— escondía las curvas voluptuosas que sabía que tenía. Sus tetas grandes y redondas se apretaban contra la tela, pero ella hacía todo lo posible por no llamar la atención. A sus 19 años, Bianca era un enigma: tímida, dulce, pero con un fuego interno que la quemaba cada vez que pensaba en él. En Thiago. Su hermano.
La psicóloga, una mujer de unos cuarenta años con mirada penetrante y una sonrisa que parecía desarmar cualquier defensa, la observaba desde el otro lado del escritorio. 'Bueno, Bianca, contame, ¿qué te trae por acá? La última vez hablamos un poco de tu familia, pero siento que hay algo más, algo que no me estás diciendo', dijo con tono suave pero firme.
Bianca se mordió el labio inferior, sus manos apretadas sobre el regazo. 'No sé cómo explicarlo, doctora. Es… complicado. No quiero que me juzgue', murmuró, su voz apenas un susurro.
La psicóloga se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio. 'Acá no juzgo, Bianca. Este es un espacio seguro. Decime lo que sea que estés sintiendo, aunque te parezca… incorrecto. A veces, ponerle palabras a lo que nos pesa es el primer paso para entenderlo.'
Bianca tragó saliva, sus mejillas tiñéndose de un rojo suave. No podía contarle la verdad. No podía decir que cada noche, cuando la casa estaba en silencio, Thiago se colaba en su cuarto. Que sus manos, fuertes y seguras, recorrían su piel blanca hasta hacerla temblar. Que sus besos eran un veneno dulce que la hacía olvidar todo lo que estaba mal en el mundo. Pero necesitaba ayuda. Necesitaba saber si lo que sentía, lo que hacían, era tan terrible como el resto del mundo le hacía creer.
'Es que… hay algo que me hace sentir bien. Muy bien. Pero sé que está mal. O sea, la gente dice que está mal. Y no sé si debería seguir haciéndolo, aunque… aunque no pueda parar de pensar en eso', dijo, eligiendo cada palabra con cuidado, sus ojos esquivando los de la psicóloga.
La mujer arqueó una ceja, pero su expresión no cambió. '¿Algo que te hace sentir bien pero que está mal? ¿Podés darme un ejemplo, sin entrar en detalles si no querés? ¿Es algo que lastima a alguien?'
Bianca negó con la cabeza rápidamente. 'No, no lastima a nadie. Bueno, no físicamente. Es solo… algo que no se supone que haga. Algo que si alguien se enterara, me mirarían como si fuera un monstruo. Pero cuando lo hago, siento que todo encaja. Como si fuera lo más natural del mundo.'
La psicóloga asintió lentamente, tamborileando los dedos sobre el escritorio. 'Entiendo. Mirá, Bianca, la moral es algo muy subjetivo. Lo que está “mal” para algunos, puede no serlo para otros. Lo importante es que vos estés en paz con lo que hacés. Si no lastimás a nadie, si es algo consensuado y te hace feliz… ¿por qué debería importar lo que piensen los demás?'
Bianca parpadeó, sorprendida. Sus palabras eran un bálsamo, pero también un peligro. ¿Estaba justificando lo que ella y Thiago hacían? ¿O solo estaba proyectando lo que quería escuchar? 'Entonces, ¿usted cree que si algo se siente bien, aunque sea… raro, está bien hacerlo?'
La psicóloga sonrió con un toque de picardía. 'No estoy diciendo que hagas lo que quieras sin pensar en las consecuencias. Pero sí te digo que la vida es demasiado corta para vivirla bajo las reglas de otros. Si eso que hacés no daña a nadie, si te llena de una manera que no encontrás en ningún otro lado… bueno, tal vez no sea tan “malo” como creés.'
Bianca sintió un calor subirle por el pecho. Sus pensamientos volaron a Thiago, a su pelo oscuro despeinado, a su cuerpo alto y delgado presionado contra el suyo. Recordó la última vez, hacía apenas dos noches, cuando él la había acorralado contra la pared de su cuarto. 'Sos mía, Bianca. No me importa lo que digan los demás', le había susurrado al oído, su voz ronca de deseo. Y ella se había derretido, dejando que sus manos exploraran cada rincón de su cuerpo, su piel sudando bajo el roce de sus dedos, su respiración entrecortada mientras él la hacía suya.
Sacudió la cabeza para volver al presente, pero el calor entre sus piernas no se iba. Miró a la psicóloga y sonrió tímidamente. 'Gracias, doctora. Creo que… creo que necesitaba escuchar eso. Tal vez no sea tan malo después de todo.'
La sesión terminó poco después, pero Bianca salió del consultorio con una determinación nueva. Esa noche, cuando Thiago entrara a su cuarto, no habría culpa. Solo deseo. Solo la necesidad de sentirlo cerca, de dejar que sus cuerpos hablaran por ellos. Y mientras caminaba hacia casa, ya podía imaginarlo: sus manos en su cintura, su aliento caliente en su cuello, y esa urgencia que los consumía a ambos, listos para explotar en un frenesí de piel y pasión.
Want to know how it ends?
This is just the opening chapter. Continue the saga — or write a steamy tale starring you.