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Secretos en la Sala de Espera

Secretos en la Sala de Espera

Capítulo 1: El Peso de la Mentira

Bianca entró a la sala de espera del ginecólogo con el corazón latiendo a mil. El lugar olía a desinfectante y las sillas de plástico chirriaban bajo el peso de los pacientes. A sus 19 años, con su pelo castaño corto rozándole la nuca y sus lentes deslizándose por el puente de la nariz, se sentía fuera de lugar, como si todos pudieran leerle los pensamientos. Su mamá, una mujer de gestos rápidos y voz firme, se sentó a su lado, hojeando una revista vieja mientras murmuraba algo sobre el tráfico de Buenos Aires. Bianca, con su remera ajustada que marcaba sus tetas grandes y redondas, cruzó los brazos, incómoda, intentando pasar desapercibida.

De pronto, una voz chillona rompió el silencio. '¡Mirá quién está acá! ¡Marisa, cuánto tiempo! ¡Y Bianca, che, cómo creciste, nena!' Era Laura, una amiga de su mamá, con una sonrisa tan amplia que parecía pintada. Se acercó con pasos rápidos, sus tacos resonando en el piso de cerámica. Bianca forzó una sonrisa tímida mientras Laura la miraba de arriba abajo. 'Estás hecha una mujer, ¿eh? ¡Qué linda que estás!'

'Gracias,' murmuró Bianca, sintiendo el calor subirle por las mejillas. Su mamá, Marisa, levantó la vista de la revista y sonrió, intercambiando saludos y chismes con Laura. La conversación fluyó entre recetas de tarta y quejas sobre el precio de la carne, pero Bianca apenas escuchaba. Su mente estaba en otro lado, en un lugar oscuro y prohibido que la hacía apretar los muslos bajo la falda.

'¿Y cómo están tus hijos, Laura?' preguntó Marisa, inclinándose hacia adelante con curiosidad. Laura suspiró dramáticamente, poniendo los ojos en blanco.

'¡Un desastre, che! Se pelean todo el día, no se bancan. El otro día casi se matan por el control remoto. ¿Y vos, Bianca, cómo te llevás con Thiago?' La pregunta cayó como un balde de agua fría. Bianca se congeló, sus dedos apretando el borde de la silla. Thiago. Su hermano. Pelo oscuro, siempre despeinado, alto y flaco, con esa mirada que la desnudaba sin esfuerzo. No podía decir la verdad. No podía confesar que, cuando se quedaban solos en casa, las cosas se salían de control. Que sus manos recorrían su piel blanca como si fuera un mapa que conocían de memoria. Que sus jadeos se mezclaban en la oscuridad del living mientras veían 'pelis', como ella misma lo disfrazaba.

'Eh… bien, todo bien,' balbuceó Bianca, su voz apenas un susurro. 'Hacemos cosas normales de hermanos, ¿viste? Miramos pelis, charlamos… lo de siempre.'

Marisa frunció el ceño, dejando la revista en su regazo. '¿Estás bien, Bianca? Te noto rara.' El corazón de Bianca dio un vuelco. ¿Y si su mamá sospechaba? ¿Y si de alguna manera adivinaba que sus hijos eran unos degenerados, que cruzaban líneas que nadie debería cruzar? La sola idea la hizo sudar, un nudo apretándole el pecho.

'Nada, ma, estoy cansada nomás,' respondió rápido, forzando una risa que sonó más como un jadeo. 'Es el calor, ¿viste?'

Laura, ajena al torbellino interno de Bianca, soltó una carcajada. 'Ay, los hermanos, siempre igual. Viste cómo son, al final siempre se sacan las ganas de pelear, de joderse. Pero bueno, es familia, ¿no?' Las palabras de Laura resonaron en la cabeza de Bianca como un eco perverso. 'Sacan las ganas'. Si supiera. Si supiera cómo Thiago y ella se sacaban las ganas de verdad, enredados en el sofá, con el volumen de la tele bien alto para que los vecinos no escucharan sus gemidos.

Bianca intentó mantener la compostura, pero su mente ya estaba ahí, en la última vez que había estado con Thiago. Recordaba cómo él la había mirado, con esa chispa de deseo en los ojos, mientras le susurraba al oído: 'Sos una locura, Bianca. No puedo parar de pensarte.' Y ella, que siempre había sido tímida, se había sentido poderosa en ese momento, montándolo con una seguridad que no sabía que tenía, sintiendo cómo su cuerpo respondía a cada roce, a cada palabra sucia que salía de su boca.

'¿Bianca? ¿Me estás escuchando?' La voz de su mamá la trajo de vuelta. Ella asintió rápido, tragando saliva, mientras Laura seguía parloteando sobre hermanos y peleas. Pero en su cabeza, la imagen de Thiago no se iba. Sus manos fuertes agarrándola por la cintura, su aliento caliente en su cuello, y esa tensión que crecía entre ellos, lista para explotar. Sabía que esa noche, cuando volvieran a casa, no podrían resistirse. Y mientras su mamá y Laura seguían charlando, Bianca apretó los muslos otra vez, sintiendo un calor húmedo que no podía ignorar, un deseo que la quemaba por dentro y que pronto, muy pronto, iba a desatarse en un encuentro prohibido y salvaje.

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