<h2>Capítulo 1: El Peso de las Palabras</h2>
Bianca entró a la sala de espera del ginecólogo con el corazón latiendo a mil. El lugar olía a desinfectante y las sillas de plástico crujían bajo el peso de las pacientes. A sus 19 años, con su pelo castaño corto rozándole la nuca y los lentes resbalando por su nariz, se sentía fuera de lugar, como si todos los ojos estuvieran puestos en ella. Su mamá, a su lado, hojeaba una revista vieja con cara de aburrimiento. Bianca, con una remera ajustada que marcaba sus tetas grandes y redondas, intentaba pasar desapercibida, aunque sabía que eso era imposible.
De pronto, una voz chillona cortó el silencio. '¡Mirá quién está acá! ¡Bianca, cuánto tiempo, che!' Era Marta, una amiga de su mamá, una mujer de sonrisa ancha y lengua más rápida que un cuchillo afilado. Se acercó con pasos rápidos, sus tacos resonando en el piso de cerámica. '¡Cómo creciste, nena! Estás hecha una mujer, mirá esas curvas. ¿Y esos lentes? Te dan un aire de intelectual sexy, ¿eh?'
Bianca se sonrojó, bajando la mirada. 'Ehm, gracias, Marta. Hace rato que no nos veíamos, sí.' Su voz era tímida, pero había una dulzura natural en ella, un tono que desarmaba. Su mamá levantó la vista de la revista y sonrió, orgullosa. 'Sí, mi Bianca ya es toda una señorita. Aunque a veces parece que sigue teniendo 15, ¿no?'
Marta soltó una carcajada. '¡Ay, las madres! Siempre nos ven como bebés. Pero contame, Bianca, ¿cómo andás con tu hermano? Thiago, ¿no? Mis hijos se pelean todo el día, se tiran con todo, un desastre. ¿Vos y él se llevan bien o también son un quilombo?'
El mundo de Bianca se detuvo. Su respiración se cortó y sintió un nudo en el estómago. ¿Qué podía decir? ¿Que cuando estaban solos en casa, ella y Thiago se devoraban como si el mundo se fuera a acabar? ¿Que sus manos conocían cada rincón del cuerpo del otro, que sus jadeos resonaban en las paredes de su cuarto? No, claro que no. Tragó saliva y forzó una sonrisa. 'Eh, bien, re bien. Hacemos cosas normales de hermanos, ¿viste? Miramos pelis, charlamos… lo de siempre.'
Su mamá frunció el ceño, notando el temblor en la voz de su hija. '¿Estás bien, Bianca? Te noto rara, che. ¿Pasa algo?'
Bianca sintió el sudor frío bajándole por la espalda. La sola idea de que su madre sospechara algo, de que supiera que sus hijos eran unos degenerados que cruzaban líneas prohibidas, la ponía al borde del colapso. 'No, ma, todo bien. Estoy un poco nerviosa por la consulta, nada más.'
Marta, ajena al torbellino interno de Bianca, siguió hablando como si nada. 'Ay, los hermanos, ¿viste cómo son? Al final siempre se sacan las ganas, se pelean un rato y después se arreglan. Como perros y gatos, pero con amor.'
Bianca casi se atraganta con su propia saliva. ¿Sacar las ganas? Si Marta supiera cómo ella y Thiago se sacaban las ganas… Recordó la última vez, apenas dos noches atrás. Thiago, con su pelo oscuro despeinado y esa mirada de lobo hambriento, la había acorralado contra la pared de su cuarto. 'Sos una tentación con esos lentes, Bian. Me volvés loco,' le había susurrado al oído, su aliento caliente contra su piel. Ella no se quedó atrás. 'Y vos sos un peligro, Thiago. Pero me encanta,' le había respondido, con una sonrisa pícara, mientras sus manos bajaban por su pecho duro y firme.
Ahora, en esa sala de espera, Bianca apretó las piernas, sintiendo un calor traicionero entre ellas. Estaba nerviosa, sí, pero también… ¿excitada? La culpa y el deseo se mezclaban en su cabeza. Miró de reojo a su mamá, rezando para que no notara el rubor en sus mejillas. Marta seguía parloteando sobre peleas de hermanos, pero Bianca ya no escuchaba. Solo podía pensar en Thiago, en cómo sus manos la hacían temblar, en cómo su voz ronca la volvía loca.
De pronto, la puerta del consultorio se abrió y una enfermera llamó su nombre. Bianca se levantó de un salto, agradecida por la interrupción. Pero mientras caminaba hacia la puerta, su celular vibró en el bolsillo. Un mensaje de Thiago. '¿Cómo va, hermanita? Estoy en casa… y te extraño. Vení rápido.'
Su corazón dio un vuelco. Sabía lo que eso significaba. Y aunque una parte de ella gritaba que era una locura, que debían parar, otra parte –la más salvaje, la más hambrienta– ya estaba imaginando lo que pasaría cuando llegara a casa. Thiago esperándola, su mirada oscura y cargada de promesas. Sus manos listas para explorarla, para hacerla jadear. Y ella, fuerte y decidida, no se iba a quedar atrás. Iba a tomar lo que quisiera, como siempre. Porque con Thiago, no había reglas. Solo deseo puro, crudo, prohibido.
Want to know how it ends?
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