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Secretos en la Tarde

Secretos en la Tarde

Capítulo 1: La Tentación en Casa

La tarde caía tranquila sobre el barrio, con el sol colándose apenas por las persianas de la pieza de Bianca. Sentada en su cama, con un libro de la facu abierto pero ignorado, la piba de 19 años ajustaba sus lentes sobre la nariz. Su pelo corto y moreno caía desordenado, y su ropa modesta —una remera gris holgada y un jean gastado— escondía las curvas que nadie en su círculo imaginaba. Esas tetas redondas y llenas que solo una persona conocía de verdad. Bianca era tímida, de esas que pasan desapercibidas, pero bajo esa fachada había un fuego que ardía en secreto.

Estaba esperando a Camila, su amiga de la facu, para pasar el rato y charlar de pavadas. Pero cuando la puerta de su pieza se abrió de golpe, no fue la risa de Cami la que llenó el aire, sino la presencia de Thiago, su hermano mayor. Alto, flaco, con el pelo oscuro todo desaliñado, entró con esa sonrisa torcida que siempre le ponía los nervios de punta a Bianca.

—Che, Bian, ¿qué hacés tan sola? —dijo Thiago, apoyándose contra el marco de la puerta, los ojos brillándole con una mezcla de burla y deseo.

Bianca levantó la mirada, frunciendo el ceño, aunque su corazón ya latía más rápido de lo que quería admitir. —Estoy esperando a Cami, boludo. Y mamá y papá están abajo, no jodas. Salí de acá.

Thiago soltó una risa baja, cerrando la puerta detrás de él con un clic que resonó como una sentencia. —Vamos, hermanita, no te hagas la dura. Sabés que no podés decirme que no.

—Thiago, pará. Es una locura, nos van a pescar. Cami llega en cualquier momento —insistió ella, pero su voz temblaba, no de miedo, sino de esa electricidad que siempre se encendía entre ellos. Sus ojos se encontraron, y la tensión en el aire se volvió densa, casi palpable.

—Solo un ratito, Bian. Nadie se va a enterar —susurró él, acercándose con pasos lentos, como un depredador que sabe que su presa no va a escapar. Y Bianca, aunque sabía que estaba mal, que era un riesgo enorme, sintió cómo su resistencia se desmoronaba. Porque, carajo, lo quería tanto como él a ella.

—Sos un enfermo, ¿sabés? —le espetó, pero ya estaba dejando que él se sentara en la cama, que sus manos le rozaran las piernas por encima del jean.

—Y vos una hipócrita, porque estás tan caliente como yo —replicó Thiago con una sonrisa socarrona, mientras sus dedos empezaban a desabrocharle el pantalón con una lentitud que la volvía loca.

Antes de que pudiera protestar más, Bianca estaba acostada sobre las sábanas desordenadas, con las piernas abiertas y el jean tirado en el piso. Thiago se arrodilló entre sus muslos, y cuando su boca se pegó a su concha, ella soltó un jadeo que casi se convierte en grito. El placer la atravesó como un rayo, y aunque sus ojos no dejaban de vigilar la puerta, temiendo que alguien entrara, no podía evitar arquear la espalda, buscando más.

—Shhh, callate, Bian, o nos van a escuchar —murmuró Thiago contra su piel, su voz vibrando mientras le ponía una mano en la boca para ahogar los gemidos que ella no podía contener. Bianca cerró los ojos, perdida en la sensación de su lengua, de cómo la llevaba al borde sin piedad. Estaba tan mojada, tan desesperada, que todo lo demás —los riesgos, la culpa— se desvanecía.

El orgasmo la golpeó como una ola, dejándola temblando y jadeando bajo la mano de Thiago. Cuando abrió los ojos, con el cuerpo todavía vibrando, se encontró con algo que hizo que el mundo se detuviera: Camila, su amiga, parada en el umbral de la puerta, con los ojos abiertos como platos. Bianca sintió que el corazón se le paraba. Thiago, de espaldas a la entrada, no se había dado cuenta de nada, todavía perdido en el calor de su piel.

Por un segundo, el silencio fue absoluto. Bianca no podía moverse, no podía hablar. ¿Y si Cami lo contaba? ¿Y si se enteraban en la facu, o peor, sus viejos? Pero antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando, Camila dio un paso atrás y desapareció de la vista, como si nunca hubiera estado ahí.

Thiago, ajeno a todo, se levantó con una sonrisa satisfecha, pasándole el jean y la ropa interior a Bianca. —Vestite, boluda, que no quiero que nos agarren con el culo al aire —bromeó, mientras se acomodaba la remera.

Bianca abrió la boca para contarle lo que había visto, pero antes de que pudiera decir una palabra, la puerta se abrió de nuevo. Esta vez, Camila entró como si nada, con una sonrisa forzada. —¡Hola, Bian! ¿Todo bien? —dijo, su voz un poco más aguda de lo normal.

Thiago, sin sospechar nada, saludó con un gesto y salió de la pieza, dejándolas solas. Bianca sintió un nudo en el estómago cuando los ojos de Camila se clavaron en los suyos, serios, inquisidores.

—Tenemos que hablar —dijo Cami, cruzándose de brazos, y Bianca supo que no había escapatoria.

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