Capítulo 1: El Juego Peligroso
La habitación de Bianca estaba en penumbra, apenas iluminada por el resplandor de la tarde que se colaba por las persianas a medio cerrar. El aire estaba cargado de una tensión que se podía cortar con un cuchillo, mezclado con el aroma dulce y prohibido de sus cuerpos desnudos. Bianca, con su piel pálida brillando como porcelana bajo la luz tenue, yacía sobre la cama, su cabello moreno corto desparramado sobre la almohada. Sus ojos verdosos, escondidos tras los lentes que había dejado en la mesita de noche, tenían un brillo de timidez y deseo que contrastaba con la curva generosa de sus tetas redondas, que subían y bajaban con cada respiración agitada.
Thiago, alto y delgado, con el pelo oscuro despeinado como si acabara de levantarse de una siesta salvaje, estaba de pie junto a la cama. Su mirada era intensa, casi depredadora, mientras sostenía la cabeza de su hermana con una mano, guiándola hacia abajo. Bianca, completamente desnuda, tenía los labios alrededor de su pija, moviéndose con una mezcla de furia y placer que era imposible de ignorar. Pero de pronto, se apartó con un jadeo, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
—No me empujes, Thiago, la concha de tu madre —soltó ella, su voz dulce pero firme, con un dejo de enojo que no podía ocultar el rubor en sus mejillas—. Te dije mil veces que no me gusta.
Thiago soltó una risa seca, mirándola con una ceja arqueada mientras su mano seguía enredada en el pelo de Bianca.
—¿Qué? ¿Ahora te vas a hacer la fina, Bian? Si cada vez que estamos solos terminás desnuda y con mi pija en la boca. No te hagas la santita.
Ella lo fulminó con la mirada, pero no se apartó. En cambio, volvió a bajar la cabeza, tomando su verga con más fuerza, como si quisiera castigarlo con cada movimiento de sus labios. Thiago gruñó, y sin pensarlo, empujó su cabeza más profundo. Bianca se atragantó un segundo, pero no se detuvo; sus ojos brillaban con una mezcla de odio y lujuria mientras lo miraba desde abajo.
—Pará o le cuento todo a mamá —dijo entrecortada, su voz vibrando contra él mientras seguía chupando, cada vez más rápido, más duro.
Thiago se rió, un sonido bajo y burlón que llenó la habitación.
—¿Y qué le vas a decir, eh? ¿Que te cogés a tu hermano como una puta? Porque eso es lo que sos, Bianca. Una adicta al incesto. No podés parar, aunque te hagas la víctima.
Ella apretó los labios alrededor de su pija, succionando con más intensidad, como si quisiera demostrar algo. Sus manos se aferraron a las caderas de Thiago, las uñas clavándose en su piel mientras lo miraba con furia.
—Le voy a decir que me obligás, pelotudo —respondió, su voz entre jadeos, sin dejar de mover la boca—. Que me forzás a tener sexo cuando no están papá y mamá.
Thiago inclinó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un gemido gutural mientras sentía cómo ella lo llevaba al límite. Pero no perdió el control de la conversación.
—¿Forzarte? Por favor, Bian. Si estás más mojada que nunca. Sos vos la que me busca cada vez que se van. No te hagas la inocente. Sos tan enferma como yo.
Bianca lo miró con los ojos entrecerrados, su respiración agitada mientras seguía trabajando en él, cada vez más rápido, más desesperada.
—Sos un abusador, Thiago. Un enfermo que se aprovecha de su hermana. Te odio —dijo, pero sus palabras se perdieron en un gemido cuando él volvió a empujar, y ella no se resistió. El placer y el odio se mezclaban en su mirada, en cada movimiento de su boca, en la forma en que su cuerpo temblaba de deseo.
Thiago sonrió, una sonrisa oscura y cargada de promesas.
—Decí lo que quieras, pero los dos sabemos que te encanta. Y no voy a parar hasta que grites mi nombre.
El aire se volvió más pesado, sus respiraciones entrecortadas llenando el silencio de la habitación. Bianca seguía, sin detenerse, su boca caliente y húmeda, mientras la tensión entre ellos crecía, a punto de estallar en algo mucho más salvaje.
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