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Secretos Prohibidos

Secretos Prohibidos

Capítulo 1: El Pecado al Descubierto

El aire de la tarde se sentía pesado en el pequeño departamento de Bianca, en un barrio tranquilo de Buenos Aires. La luz del sol se filtraba por las persianas, iluminando apenas el rostro pálido de la chica de 19 años, con su pelo corto castaño desordenado y los lentes algo torcidos sobre su nariz. Vestía una remera holgada y unos jeans gastados, ropa modesta que no lograba ocultar las curvas generosas de su cuerpo, esas tetas grandes y redondas que parecían desafiar la tela. Estaba sentada en el sillón, con las manos apretadas sobre las rodillas, mientras Camila, su mejor amiga de la facu, la miraba con una mezcla de incredulidad y reproche desde el otro lado de la habitación.

—¿Cómo podés seguir con esto, Bianca? ¡Es una locura! —dijo Camila, cruzándose de brazos, su tono cortante como un cuchillo—. Los vi, ¿sabés? Hace menos de media hora, en tu propia habitación. Vos y Thiago… ¡Por Dios, es tu hermano!

Bianca bajó la mirada, las mejillas ardiendo de vergüenza. Su voz salió baja, casi un susurro, pero con un dejo de desesperación.

—No es tan simple, Cami. No sé cómo explicarlo… Es como una adicción. No puedo parar, no quiero parar. —Tragó saliva, sus ojos brillando con una mezcla de culpa y deseo—. Es… es él. Todo de él. No puedo sacármelo de la cabeza.

Camila soltó una risa seca, incrédula, mientras se pasaba una mano por el pelo.

—¿Una adicción? ¿En serio? Bianca, si yo los descubrí, cualquiera puede hacerlo. ¿Qué pasa si alguien más se entera? ¿Tu vieja? ¿Tu viejo? ¡Se va a armar un quilombo de proporciones bíblicas! Tenés que cortar con esto ya.

Bianca levantó la vista, sus ojos ahora endurecidos, mostrando una determinación que Camila no esperaba. Se puso de pie, su figura imponente a pesar de su timidez habitual.

—No, Cami. No voy a parar. No puedo. Vos no entendés lo que siento cuando estoy con él. Es… es como si el mundo desapareciera. Solo estamos nosotros. —Su voz se quebró un poco, pero se recompuso rápido—. No te pido que lo apruebes, solo te pido que no digas nada. Por favor.

Camila suspiró, claramente en conflicto. Sus hombros se relajaron un poco, aunque su expresión seguía siendo de desaprobación.

—Está bien, no voy a abrir la boca. Pero te juro, Bianca, que si esto se sale de control, no voy a ser yo la que limpie el desastre. Esto está mal, y lo sabés.

Bianca asintió, aliviada, aunque el peso de sus palabras seguía oprimiéndola. La puerta del departamento se abrió de golpe en ese momento, y Thiago entró con su habitual aire despreocupado. Alto, delgado, con el pelo oscuro revuelto y una sonrisa ladeada que hacía que el corazón de Bianca diera un vuelco. Llevaba una campera de cuero y jeans ajustados, y sus ojos oscuros se posaron primero en Camila, luego en su hermana.

—¿Qué pasa, chicas? ¿Todo bien? —preguntó, su voz grave y casual, sin sospechar la tormenta que acababa de desatarse.

Camila forzó una sonrisa tensa y se levantó.

—Todo joya, Thiago. Me estaba yendo. Nos vemos, Bianca. —Le lanzó una última mirada de advertencia antes de salir, dejando a los hermanos solos.

Bianca se quedó quieta, su respiración acelerándose mientras Thiago se acercaba, quitándose la campera y dejando a la vista sus brazos definidos. La tensión en el aire era palpable, y ella sintió un calor familiar creciendo entre sus piernas.

—¿Qué le pasa a tu amiga? Estaba rara —dijo él, inclinándose hacia ella, su aliento cálido rozándole el cuello.

—Nada… solo cosas de la facu —mintió Bianca, su voz temblando mientras sus ojos se fijaban en los labios de su hermano. Sabía que estaba mal, pero el deseo la consumía. Quería sentirlo, tocarlo, tenerlo de nuevo.

Thiago sonrió, esa sonrisa que siempre la desarmaba, y le susurró al oído:

—Mentís pésimo, hermanita. Pero no importa. Vení, que tengo algo para mostrarte.

La tomó de la mano y la llevó hacia la habitación, el corazón de Bianca latiendo desbocado. Sabía lo que venía, y aunque una parte de ella gritaba que parara, el resto de su cuerpo ya estaba ansioso, húmedo, deseando sentirlo dentro. La puerta se cerró detrás de ellos, y el mundo exterior desapareció.

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