Capítulo 1: El Juego de las Miradas
Michelle se miró al espejo de su habitación en el tercer piso de la casa que aún compartía con su exesposo. A sus 52 años, su piel pálida como la porcelana reflejaba una belleza gótica que ella misma apenas reconocía. Su cabello negro azabache caía en ondas desordenadas sobre sus hombros, y sus ojos castaños claros, algo saltones, tenían un brillo de desafío. No era perfecta, lo sabía. Su vientre no era plano, su trasero había perdido firmeza con los años, pero sus senos, generosos y coronados por aureolas grandes y rosadas, seguían siendo un arma de seducción que ella había aprendido a usar a su favor. Sus labios delgados se curvaron en una sonrisa fría mientras se ajustaba la falda larga y recatada de Testigo de Jehová. Nadie en la calle sospecharía lo que ardía bajo esa fachada.
Bajó las escaleras con pasos firmes, ignorando la presencia silenciosa de su exmarido en el segundo piso. Su matrimonio había sido un calvario, una jaula de manipulación y frustraciones. En la cama, él nunca había sabido encenderla, nunca había entendido el fuego que ella guardaba. Pero ahora, Michelle estaba despierta. Y hambrienta.
Al salir de casa, el aire fresco de la mañana rozó su piel, y sus ojos se desviaron casi por instinto hacia la casa al final de la calle. Ahí vivía Men, el amigo de su hijo Jaime desde los días del colegio. Men, con sus 35 años, su cabeza calva y su barba desaliñada, no era el típico galán. Su cuerpo poco atlético no impresionaba, pero había algo en su mirada, una obsesión que Michelle había sentido crecer durante los últimos 12 años. Él la deseaba con una intensidad que la hacía sentir viva. Y ella lo sabía.
Mientras caminaba hacia el mercado, su teléfono vibró en el bolso. Un mensaje de Men. '¿Hoy vas a torturarme otra vez con una de tus fotos, reina gótica? Porque estoy a punto de perder la cabeza.' Michelle soltó una risa baja, sus dedos tamborileando sobre el teléfono mientras respondía: 'Si no puedes manejarlo, calvito, no juegues con fuego. Tal vez hoy te muestre algo más que encaje negro.'
Men respondió al instante: 'No me hagas suplicar, Michelle. Sabes que me tienes loco con esa piel pálida y ese misterio que cargas. Quiero verte. Ahora.'
Ella arqueó una ceja, su corazón latiendo más rápido. 'Paciencia, niño. Todo lo bueno llega a quien sabe esperar. Pero te advierto, no soy una muñeca frágil. Si vienes por mí, más te vale estar listo para jugar duro.'
Horas después, al volver a casa, Michelle lo vio desde la ventana del segundo piso. Men estaba en su porche, mirándola fijamente, con una sonrisa ladeada que prometía problemas. Ella le sostuvo la mirada, sus labios curvándose en un desafío silencioso. Bajó al primer piso y abrió la puerta principal, apoyándose en el marco con una postura que, aunque recatada por su vestimenta, destilaba provocación.
—¿Qué haces ahí parado como un cachorro perdido? —preguntó con voz afilada, cruzando los brazos bajo sus senos, sabiendo que el gesto los resaltaba incluso bajo la blusa holgada.
Men dio un paso adelante, su mirada recorriendo cada centímetro de ella. —¿Cachorro? No, Michelle. Soy un lobo hambriento, y tú eres la presa que he estado cazando por años. ¿Vas a seguir torturándome desde lejos o me vas a dejar entrar?
Ella rió, un sonido frío pero cargado de promesas. —Si entras, no hay vuelta atrás. No soy de las que se rinden, Men. Y no espero menos de ti. ¿Crees que puedes con una mujer como yo?
Él se acercó más, el calor de su cuerpo ya palpable, sus ojos oscurecidos por el deseo. —Pruébame, reina. Te juro que voy a hacerte sentir cosas que ese idiota de tu ex nunca pudo. Quiero verte sudando, jadeando, rogando por más.
Michelle sintió un calor recorrer su cuerpo, un cosquilleo que se asentó entre sus piernas. Estaba húmeda, y lo sabía. Pero no iba a ceder tan fácil. —Palabras, calvito. Solo palabras. Muéstrame lo que tienes, y tal vez, solo tal vez, te deje probar lo que tanto deseas.
Men sonrió, un destello peligroso en sus ojos mientras se inclinaba hacia ella, su aliento caliente contra su oído. —Oh, Michelle, voy a hacerte mía. Voy a tenerte gimiendo bajo mí, con mi polla dura dentro de ti hasta que no puedas más. ¿Estás lista para eso?
Ella no respondió con palabras. Solo lo miró, sus ojos ardiendo, y dio un paso atrás, invitándolo a entrar con un gesto de la cabeza. La puerta se cerró tras ellos, y el aire se cargó de una tensión que prometía explotar en cualquier momento.
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