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Sombras Prohibidas

Sombras Prohibidas

Capítulo 1: Reflejos de Culpa

El baño de la casa estaba en penumbra, apenas iluminado por la luz tenue que se colaba por la ventana entreabierta. Bianca, de pie frente al espejo, se quedó congelada, su reflejo desnudo devolviéndole una mirada cargada de secretos. Su pelo corto y moreno caía desordenado sobre su frente, los ojos verdosos tras los lentes empañados por el vapor del ambiente. Su piel pálida brillaba con un leve sudor, y aunque siempre se vestía con ropa modesta para ocultar su cuerpo voluptuoso, ahora no había nada que escondiera sus curvas, sus tetas grandes y redondas que subían y bajaban con cada respiración agitada. En su cabeza, un torbellino de culpa la azotaba. Sabía que lo que estaba haciendo era un pecado, un taboo, algo que si salía a la luz destrozaría todo lo que conocía. Pero, carajo, cómo podía parar.

Thiago, su hermano mayor, estaba detrás de ella, alto y delgado, con el pelo oscuro despeinado y una mirada intensa que la atravesaba a través del espejo. Sus manos fuertes agarraban las caderas de Bianca con una mezcla de posesión y urgencia. Habían aprovechado que sus viejos no estaban en casa, como tantas otras veces, para dejarse llevar por esa pasión prohibida que los consumía. Pero esta vez, algo en Bianca temblaba más allá del deseo. La culpa la carcomía.

—¿Estás bien, Bian? —preguntó Thiago, deteniéndose por un segundo, su voz grave pero con un toque de preocupación. Su respiración estaba agitada, y ella podía sentir el calor de su cuerpo pegado al suyo.

Bianca tragó saliva, sus ojos fijos en el espejo, viendo cómo sus propios pechos se movían al ritmo de los embistes que habían parado momentáneamente. —No, Thiago… esto está mal. Re mal. Si alguien se entera, si alguien nos pilla… estamos fritos. Nuestras vidas se van a la mierda. —Su voz temblaba, pero había una chispa de determinación en ella. No era una víctima, no se dejaba arrastrar sin pensar. Sabía lo que hacía, y eso la mataba por dentro.

Thiago soltó una risa baja, casi burlona, mientras una de sus manos subía por la espalda de Bianca, acariciándola con una lentitud que contrastaba con la ferocidad de momentos antes. —Nadie se va a enterar, hermanita. Esto es nuestro. Solo nuestro. —Y sin esperar respuesta, volvió a moverse, embistiéndola con una fuerza que la hizo jadear y aferrarse al borde del lavabo.

—¡Pará, Thiago! —protestó ella, aunque su cuerpo traicionaba sus palabras, arqueándose hacia él. Lo miraba en el espejo, veía cómo su hermano la garchaba sin piedad, cómo sus tetas rebotaban con cada empujón. Y esa imagen, tan cruda, tan prohibida, hacía que la culpa se mezclara con un placer enfermo que no podía ignorar. Se sentía sucia, pero también viva. Más viva que nunca.

Thiago, notando su mirada perdida en el reflejo, sonrió con una mezcla de desafío y deseo. Agarró su cara con una mano, obligándola a mirarse en el espejo mientras seguía moviéndose dentro de ella. —¿Qué ves, Bianca? Mirá lo que estás haciendo. Mirá cómo te estás garchando a tu propio hermano. —Su voz era un susurro cargado de morbo, y sus palabras la golpearon como un latigazo.

Ella intentó apartar la mirada, pero él la sostuvo con firmeza. —No, no. Mirá. Decilo. Decilo en voz alta. —Sus embestidas se volvieron más duras, más rápidas, y Bianca sintió que su cuerpo se rendía al calor, a la presión, mientras su mente seguía luchando.

—Estoy… estoy garchándome a mi hermano… —murmuró, su voz quebrándose entre Stuart Little, pero a medida que las palabras salían, algo dentro de ella se liberaba. La culpa seguía ahí, pero el placer la estaba consumiendo. —Soy la puta arrastrada de mi hermano. —dijo más fuerte, casi gritando, mientras Thiago la agarraba con más fuerza, sus dedos hundiéndose en sus cachetes.

—Así es, Bian. Sos mía. Y te encanta, ¿no? —gruñó él, su respiración entrecortada, sudando, mientras la embestía sin descanso. Ella sentía su cuerpo arder, su pussy húmeda y dripping, cada movimiento de Thiago llevándola más cerca del borde. Estaba horny, perdida entre el asco de sí misma y el deseo crudo que la dominaba.

Sus ojos se encontraron en el espejo una vez más, y en ese instante, Bianca supo que no había vuelta atrás. La culpa la perseguiría siempre, pero ahora, con Thiago tan hard dentro de ella, solo podía pensar en una cosa: cómo iba a explotar de placer mientras su hermano la hacía suya.

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