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Sombras Prohibidas

Sombras Prohibidas

Capítulo 1: Secretos en el Diván

Bianca se sentó en el sillón de la psicóloga, sus manos inquietas jugueteando con el borde de su pollera modesta. El consultorio olía a lavanda, un aroma que debería calmarla, pero su corazón latía como un tambor en el pecho. Sus lentes se deslizaban por su nariz mientras intentaba mantener la mirada fija en un punto de la pared, evitando los ojos penetrantes de la Dra. López, una mujer de unos cuarenta años con una sonrisa cálida pero inquisitiva.

—¿Y cómo te sentís hoy, Bianca? —preguntó la psicóloga, cruzando las piernas y apoyando su cuaderno en el regazo.

—Bien… supongo. Un poco nerviosa, nada más —respondió Bianca, su voz apenas un susurro. Su pelo corto y castaño le caía sobre la frente, y se lo apartó con un movimiento tímido. Debajo de su ropa holgada, su cuerpo voluptuoso parecía un secreto guardado bajo llave, sus curvas y esas tetas grandes y redondas escondidas del mundo. Pero no era eso lo que la tenía al borde del colapso. No, era algo mucho más oscuro, más prohibido.

—¿Nerviosa por algo en particular? —insistió la Dra. López, inclinándose apenas hacia adelante, como si pudiera olfatear los secretos que Bianca no se atrevía a soltar.

Bianca tragó saliva, sus mejillas tiñéndose de un rojo traicionero. ¿Cómo carajo le iba a contar a esta mujer que se garchaba a su hermano Thiago? Que cada noche, cuando sus padres dormían, se escabullía a su cuarto y se perdía en un torbellino de deseo que la dejaba temblando y sudando. Que su piel blanca se encendía bajo las manos de él, que su pelo oscuro y despeinado le hacía cosquillas en el cuello mientras la besaba con una desesperación que la volvía loca. No, no podía decir eso. Pero necesitaba ayuda, un consejo, algo.

—Eh… es que hay algo que no sé si está bien hacer —empezó, eligiendo sus palabras con cuidado, como si caminara por un campo minado—. Algo que… se siente re bien, pero que sé que la gente diría que es malo. ¿Qué hago con eso?

La Dra. López alzó una ceja, pero su expresión no cambió. Era una profesional, después de todo. Ajustó sus anteojos y garabateó algo en su cuaderno antes de responder.

—¿Y por qué creés que es malo, Bianca? ¿Es algo que lastima a alguien?

—No, no lastima a nadie. Bueno, no físicamente —dijo ella, mordiéndose el labio inferior. Pensó en Thiago, en su cuerpo alto y delgado presionado contra el suyo, en cómo su respiración se volvía pesada y entrecortada cuando la tocaba. En cómo sus manos recorrían su piel como si fuera un mapa que necesitaba memorizar. Sacudió la cabeza para despejar esos pensamientos y continuó—. Es más como… un taboo, ¿entendés? Algo que no se supone que hagas.

La psicóloga asintió lentamente, como si estuviera desentrañando un rompecabezas.

—Los tabúes son construcciones sociales, Bianca. A veces, lo que se siente bien no es necesariamente malo, siempre y cuando no haya daño real. ¿Vos sentís que estás haciendo algo malo, o es más el miedo a lo que otros piensen?

Bianca parpadeó, sorprendida por la respuesta. ¿Era posible que no estuviera tan mal? ¿Que lo que sentía por Thiago, ese deseo ardiente que la consumía, no fuera un pecado mortal? Se imaginó por un segundo contándole todo: cómo empezaron con miradas furtivas, cómo una noche él la encontró en la cocina y la besó con una intensidad que la dejó mojada y desesperada. Cómo desde entonces no podían parar, cómo cada roce, cada susurro, era una chispa que encendía un incendio.

—No sé… supongo que es más el miedo a que me juzguen. Pero, ¿y si me siento viva cuando lo hago? ¿Y si es lo único que me hace sentir así? —preguntó, su voz ganando un poco de fuerza. Ya no era la chica tímida del principio; había un fuego en sus ojos, una determinación.

La Dra. López sonrió, una sonrisa que parecía entender más de lo que Bianca quería revelar.

—Entonces, tal vez, lo que tenés que hacer es preguntarte si estás dispuesta a cargar con ese juicio. Si lo que sentís es tan fuerte, tan real, quizás valga la pena arriesgarte. La vida es corta, Bianca. Y el deseo… bueno, el deseo no siempre se equivoca.

Esas palabras golpearon a Bianca como un rayo. Se quedó en silencio, su mente girando a mil por hora. Cuando salió del consultorio, el sol de la tarde le pegaba en la cara, pero ella apenas lo notaba. Solo podía pensar en Thiago, en su sonrisa ladeada, en cómo la miraba como si fuera la única mujer en el mundo. Y mientras caminaba hacia casa, una certeza se asentó en su pecho: no estaba tan mal. No podía estarlo. No cuando cada fibra de su ser ardía por él.

Esa noche, cuando sus padres se fueron a dormir, Bianca no dudó. Se deslizó por el pasillo, su corazón latiendo con fuerza, hasta llegar a la puerta de Thiago. La abrió sin hacer ruido y lo encontró ahí, sentado en la cama, con el torso desnudo y una mirada que prometía problemas.

—¿Qué hacés acá, Bian? —preguntó él, su voz baja y ronca, como si ya supiera la respuesta.

—Vine a buscar lo que quiero —respondió ella, cerrando la puerta detrás de sí. Su timidez se había esfumado, reemplazada por una seguridad que la hacía parecer invencible. Se acercó a él, sus ojos brillando con deseo, y se inclinó para besarlo, sus labios chocando con una urgencia que los dejó a ambos jadeando.

Thiago la atrajo hacia él, sus manos deslizándose bajo su remera, encontrando la piel suave y caliente de su espalda. Bianca sintió cómo su cuerpo reaccionaba, cómo se volvía húmeda y ansiosa por más. Y mientras él la tumbaba en la cama, susurrándole cosas sucias al oído, supo que no había vuelta atrás. Esto era lo que quería, lo que necesitaba. Y nada, ni nadie, iba a detenerla.

Want to know how it ends?

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