**Capítulo 1: El Riesgo de la Noche**
Eran las tres de la mañana en una casa silenciosa de un barrio tranquilo de Buenos Aires. El único sonido era el leve zumbido del ventilador en la habitación de Thiago, que estaba tirado en la cama, con el celular en la mano, intercambiando mensajes con su hermana Bianca.
**Bianca**: Dejá la puerta sin trabar, boludo. Estoy yendo para allá.
**Thiago**: ¿Estás loca? ¿Y si papá o mamá están despiertos? Esto es un quilombo, Bianca.
**Bianca**: Tranqui, no se van a enterar nunca. No seas cagón, dale. Ya estoy cerca.
Thiago suspiró, sabiendo que discutir con Bianca era como pelear con una pared. Su hermana tenía una voluntad de acero y una lengua afilada que siempre ganaba. Dejó la puerta apenas arrimada, el corazón latiéndole fuerte en el pecho, mezcla de nervios y una anticipación que no podía negar.
Minutos después, la puerta se abrió con un leve crujido. Bianca entró como si fuera la dueña del lugar, completamente desnuda, su piel brillando bajo la tenue luz de la lámpara de noche. Sus curvas eran un imán, y Thiago no pudo evitar mirarla de arriba abajo, la boca seca.
—¿Qué mierda hacés, Bianca? —susurró él, sentándose en la cama, tratando de sonar enojado pero fallando miserablemente.
—¿Qué parece que hago, genio? —respondió ella con una sonrisa pícara, acercándose con pasos seguros. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de desafío y deseo—. Vine a pasarla bien. ¿O vas a seguir jugando al santito?
—Sos una loca, posta. Si nos agarran, estamos muertos —dijo Thiago, pero su voz temblaba, y sus ojos no podían despegarse de ella.
—Shhh, callate y disfrutá —replicó Bianca, arrodillándose frente a él sin dudar. Sus manos fuertes y decididas bajaron el bóxer de su hermano en un movimiento rápido, liberando su pija ya dura como piedra. Ella lo miró con una ceja arqueada, como si estuviera evaluando una obra de arte—. Mirá cómo estás, hermanito. No me vengas con que no querés.
Antes de que Thiago pudiera responder, Bianca se inclinó y lo tomó en su boca, sin preámbulos, sin juegos. Lo chupó con una intensidad que lo dejó sin aire, sus labios apretados y su lengua moviéndose con una precisión que lo volvía loco. Thiago apretó los puños en las sábanas, mordiéndose el labio para no gemir.
—Bianca, por favor… más despacio… nos van a escuchar… —susurró entre jadeos, pero ella solo levantó la mirada, sus ojos llenos de fuego.
—Callate y dejame hacer mi magia. Vos solo preocupate por no hacer ruido, ¿eh? —dijo con la voz ronca, antes de volver a su tarea, lamiendo y succionando como si no hubiera un mañana.
El calor de su boca, el roce de su lengua, todo era demasiado. Thiago sentía que iba a explotar, su cuerpo temblando de deseo. Pero sabía que tenían que ser cuidadosos; la habitación de sus padres estaba justo enfrente, al otro lado del pasillo. Un solo ruido fuerte y todo se iría al carajo.
Bianca se apartó un momento, su respiración agitada, una sonrisa traviesa en los labios mientras se limpiaba la boca con el dorso de la mano. Se puso de pie, su cuerpo desnudo frente a él, y se inclinó para susurrarle al oído.
—¿Querés seguir jugando, o me vas a coger como se debe? Estoy toda mojada, Thiago. No me hagas esperar.
Sus palabras fueron como un disparo directo a su entrepierna. Thiago la miró, su autocontrol colgando de un hilo. Sabía que esto estaba mal, que era un riesgo enorme, pero el deseo era más fuerte. La agarró por las caderas, tirándola sobre la cama con un movimiento rápido, y se posicionó sobre ella, su pija dura rozando su entrada ya húmeda y lista.
—Sos una enferma, Bianca. Pero me volvés loco —gruñó él, su voz baja y cargada de lujuria.
—Y vos sos un hipócrita, pero te encanta —respondió ella, sus uñas clavándose en su espalda mientras lo atraía más cerca—. Dale, metemela ya. Quiero sentirte.
Justo cuando estaba a punto de entrar en ella, un ruido los congeló. La luz del baño al final del pasillo se encendió, un haz amarillo filtrándose por debajo de la puerta. El corazón de ambos se detuvo. Uno de sus padres estaba despierto.
(Continuará...)
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