Capítulo 1: El Secreto en la Pantalla
Bianca estaba sentada en el sillón gastado de la casa de Camila, con las piernas cruzadas y el celular pegado a las manos como si fuera una extensión de su cuerpo. Sus lentes redondos se deslizaban un poco por su nariz mientras sus dedos volaban sobre la pantalla, tecleando con una urgencia que no pasaba desapercibida. Su pelo corto y moreno caía en mechones desordenados, y su ropa modesta —una remera holgada y unos jeans gastados— escondía las curvas que nadie en la facultad imaginaba. Pero bajo esa fachada tímida y dulce, había un fuego que ardía en secreto.
Camila, que estaba tirada en el suelo con un mate en la mano, levantó la vista y frunció el ceño. '¿Che, Bianca, qué te tiene tan enganchada? Estás más roja que un tomate en verano. ¿Con quién estás hablando?' preguntó, con una mezcla de curiosidad y burla.
Bianca levantó la mirada de golpe, sus ojos oscuros brillando con un nerviosismo que no podía disimular. 'Eh… nada, Cami. Solo estoy charlando con Thiago, mi hermano. Cosas de familia, ¿sabés?' mintió, mientras su corazón latía como un tambor. No era una charla cualquiera. Thiago, con ese tono sarcástico y provocador que solo usaba con ella, le estaba escribiendo cosas que harían sonrojar a cualquiera. 'Cuando llegues a casa, Bian, te voy a hacer cosas que no se pueden contar. Mamá y papá no están, y no pienso esperar ni un segundo para tenerte', había escrito. Cada palabra era un dardo de deseo prohibido que la hacía temblar.
Camila arqueó una ceja, claramente no convencida. '¿Cosas de familia? Mirá vos, parece que te están contando un chiste muy bueno, porque estás sudando como si hubieras corrido una maratón. ¿Qué pasa, eh? ¿Thiago te está mandando memes subidos de tono o qué?' insistió, con una sonrisa pícara.
Bianca soltó una risa forzada, dejando el celular boca abajo sobre el sillón. '¡No seas ridícula, Cami! Es solo… no sé, cosas aburridas. Contame mejor cómo te fue en el parcial de hoy, dale', desvió el tema, tratando de calmar el torbellino de pánico que sentía. No podía dejar que Camila sospechara. Nadie podía saber lo que había entre ella y Thiago. Era un secreto sucio, tabú, pero también una adicción que no podía —ni quería— dejar.
Camila se encogió de hombros y empezó a hablar del examen, pero al rato sacó su propio celular y frunció el ceño. 'Boluda, no tengo señal. ¿Me prestás el tuyo un segundo? Quiero mandarle un mensaje a Juli', pidió, estirando la mano con total naturalidad.
Bianca sintió que el mundo se le venía abajo. 'Eh… sí, claro', respondió por puro reflejo, pasándole el teléfono antes de que su cerebro procesara el error garrafal. Cuando Camila lo tomó y deslizó el dedo por la pantalla para desbloquearlo, Bianca se dio cuenta de que no había cerrado la conversación con Thiago. Los mensajes estaban ahí, crudos, explícitos, como una bomba a punto de estallar. '¡Esperá, no mires nada, por favor!' exclamó, casi saltando del sillón para arrebatarle el celular, pero Camila ya tenía una expresión de confusión en la cara.
'¿Qué te pasa, Bianca? ¿Qué escondés? Mirá que no soy de meterme en la vida de nadie, pero estás actuando re rara', dijo Camila, sosteniendo el teléfono con una mezcla de intriga y sospecha.
Bianca sintió el sudor frío bajándole por la nuca. Si Camila leía esos mensajes, todo se iba al carajo. La facultad, sus viejos, su vida entera. Pero en el fondo, una parte de ella —esa parte oscura y retorcida que solo Thiago conocía— se excitaba con el peligro. La idea de ser descubierta, de que alguien supiera lo que hacía con su hermano, la ponía al borde de algo que no podía controlar. 'No es nada, Cami, de verdad. Solo… dame el celular, por favor', suplicó, aunque su voz temblaba no solo de miedo, sino de una tensión que empezaba a acumularse entre sus piernas.
Camila la miró fijamente, y por un segundo, el silencio fue insoportable. Bianca sabía que tenía que actuar rápido, pero su cuerpo estaba traicionándola, imaginando lo que pasaría cuando llegara a casa y Thiago cumpliera cada una de esas promesas prohibidas que había escrito. Su mente ya estaba ahí, enredada en el calor de su hermano, en la urgencia de sus manos, en la forma en que él la hacía sentir viva de una manera que nadie más podía. Y mientras Camila sostenía el celular, ajena al torbellino de deseo y culpa que la consumía, Bianca supo que esa noche, cuando volviera a casa, no habría vuelta atrás.
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