Capítulo 1: El Límite Difuso
Bianca estaba recostada en la cama, el corazón latiéndole a mil por hora, mientras el calor de la habitación parecía envolverla como una caricia prohibida. Su pelo castaño corto caía desordenado sobre la almohada, y su piel blanca brillaba con un leve sudor que delataba su nerviosismo. Aunque su ropa modesta yacía tirada en el suelo, no había nada de tímido en la forma en que sus ojos se clavaban en Thiago, su hermano mayor, que estaba de pie frente a ella, alto y delgado, con el pelo oscuro ligeramente despeinado y una mirada que quemaba.
—Esto es raro —murmuró Bianca, su voz temblando entre la dulzura y la inquietud, mientras se mordía el labio inferior.
Thiago, con una media sonrisa que destilaba confianza, se inclinó un poco hacia ella, apoyando una mano en el borde de la cama.
—No pienses en eso, Bian. No le des vueltas.
Ella frunció el ceño, sus mejillas encendidas de un rojo traicionero.
—¿Cómo no voy a pensar en eso? Sé que sos vos, Thiago. Eso lo hace… raro. Muy raro.
Él soltó una risa baja, casi un gruñido, mientras se pasaba una mano por el pelo.
—Entonces hacé de cuenta que no soy yo. Imaginate que soy cualquier otro.
Bianca lo miró de reojo, sus ojos brillando con una mezcla de desafío y deseo.
—No, boludo. Justo lo que lo hace interesante es que sos vos. Si no, ¿qué gracia tendría?
Thiago arqueó una ceja, su sonrisa ensanchándose con un toque de picardía.
—Entonces vamos a tener que seguir hasta que se nos pase lo ‘raro’. A menos que quieras parar, claro.
Ella negó con la cabeza, casi de inmediato, su voz firme a pesar del temblor en sus manos.
—No quiero parar.
—Entonces ya sabés lo que tenés que hacer —dijo él, su tono bajando a un susurro cargado de promesas, mientras se enderezaba y la miraba con una intensidad que la hizo estremecer.
Bianca suspiró, sus ojos bajando por un momento hacia la verga de Thiago, dura y expectante frente a su rostro. Estaba desnuda, acostada entre las piernas de su hermano, y aunque llevaban un mes jugando con este fuego prohibido, cada encuentro seguía sintiéndose como la primera vez: un torbellino de culpa y deseo que los consumía. Pero no había vuelta atrás. No quería que la hubiera.
Con un movimiento lento, casi reverente, abrió la boca, su aliento cálido rozando la piel de Thiago antes de envolverlo. El gemido que escapó de él fue como gasolina en el incendio que ya ardía entre los dos, y Bianca sintió cómo su propio cuerpo respondía, húmeda y ansiosa, mientras el mundo a su alrededor se desvanecía. Esto era raro, sí, pero también era adictivo. Y ninguno de los dos estaba dispuesto a apagarlo.
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