Capítulo 1: El Juego Peligroso
Bianca estaba recostada en el sillón del living, completamente desnuda, con el teléfono pegado a la oreja. Su piel pálida brillaba bajo la luz tenue de la tarde que se colaba por las persianas entreabiertas. El pelo corto y moreno le caía desordenado sobre la frente, y sus lentes descansaban olvidados sobre la mesita. Nadie, al verla con su ropa modesta de todos los días, imaginaría las curvas peligrosas que escondía: esas tetas grandes y redondas que ahora se alzaban con cada respiración agitada. Hablaba con su mamá, que estaba en el supermercado con su papá, mientras intentaba mantener la compostura. Pero era una tarea casi imposible con Thiago entre sus piernas, devorándola como si el mundo se fuera a acabar.
—¿Falta algo más, ma? —preguntó Bianca, con la voz entrecortada, mordiéndose el labio para no soltar un gemido. Sus dedos se aferraban al almohadón del sillón mientras Thiago, su hermano mayor, le lamía la concha con una intensidad que la volvía loca.
—¿Estás bien, Bianca? Te escucho rara —respondió su madre del otro lado de la línea, con un tono de preocupación que hizo que el corazón de la chica diera un vuelco.
—¡Sí, sí, todo bien! —respondió rápido, casi gritando, mientras le hacía un gesto desesperado a Thiago con la mano libre—. ¡Más despacio, boludo, nos van a cagar! —susurró con furia, cubriendo el micrófono del teléfono por un segundo.
Thiago levantó la vista, con una sonrisa sarcástica en los labios, el pelo oscuro desaliñado y los ojos brillando de pura malicia. Era alto y delgado, con ese aire de chico que no se toma nada en serio, pero cuando estaba con Bianca, algo oscuro y prohibido se apoderaba de él.
—¿Qué? ¿No te gusta cómo te como, hermanita? —murmuró con voz ronca, lamiéndose los labios húmedos antes de volver a hundir la cara entre sus muslos.
—¡Pará, Thiago, te juro que si nos descubren estamos muertos! —siseó ella, pero su cuerpo la traicionaba, arqueándose contra su boca mientras volvía al teléfono—. Ma, no te preocupes, estoy... estoy mirando una peli, por eso sueno rara.
—Bueno, mirá que en un rato volvemos con tu papá. No se vayan a ningún lado, ¿eh? —dijo su madre, y Bianca apenas pudo soltar un “sí, dale” antes de cortar la llamada y tirar el teléfono al sillón.
—¡Sos un enfermo, Thiago! ¿No podés esperar ni cinco minutos? —lo retó, sentándose de golpe y empujándolo con una mano. Sus tetas rebotaban con el movimiento, y los ojos de Thiago se oscurecieron de deseo al verla así, furiosa y desnuda.
—¿Esperar? Mirá cómo estoy por vos, Bianca. No puedo parar, y vos tampoco querés que pare —replicó él, sentándose en el sillón y abriendo las piernas con una sonrisa desafiante. Su pija ya estaba dura como una piedra, y Bianca no pudo evitar que se le hiciera agua la boca al verla.
—Sos un hijo de puta... —murmuró ella, pero no había verdadera bronca en su voz. Se arrodilló frente a él, sus manos temblando de una mezcla de culpa y deseo mientras lo agarraba con firmeza—. Si nos descubren, se nos va todo a la mierda. ¿Entendés eso?
—Entonces hacelo rápido, hermanita. Chupámela como solo vos sabés —respondió Thiago, con una voz cargada de lujuria, mientras le acariciaba el pelo con una mano.
Bianca no se hizo rogar. Se inclinó y se la metió en la boca, chupándola con una intensidad desesperada, como si fuera lo último que hiciera en su vida. El sonido húmedo y tabú llenaba el living, mientras Thiago gemía bajito, apretando los dientes para no hacer ruido.
—Dios, Bianca, sos una diosa... —gruñó él, mirándola con los ojos entrecerrados—. Nadie debería hacerme sentir así, menos vos. Esto está tan mal...
Ella levantó la vista, con la boca todavía alrededor de su pija, y sonrió con picardía. —Y sin embargo, te encanta, ¿no? A mí también. Me moja más saber que no deberíamos estar haciendo esto.
Sin esperar respuesta, Bianca se levantó y se sentó a horcajadas sobre él, sus tetas enormes justo frente a la cara de Thiago. Él no perdió tiempo y las agarró con ambas manos, lamiendo y mordiendo mientras ella empezaba a moverse, cabalgándolo con una mezcla de furia y necesidad. Su concha estaba empapada, goteando sobre él, y el sonido de sus cuerpos chocando era casi tan fuerte como sus jadeos.
—Esto es una locura, Thiago... Si alguien se entera, estamos acabados —dijo ella entre gemidos, sudando y con el pelo pegado a la frente.
—Lo sé, y eso me pone más caliente. Sos mi hermana, y te estoy cogiendo como un animal. ¿No te vuelve loca eso? —respondió él, jadeando, con las manos apretándole el culo mientras la ayudaba a moverse más rápido.
—¡Sí, me vuelve loca! —admitió Bianca, su voz quebrándose de placer mientras sentía que el clímax se acercaba. Estaba a punto de venirse, y Thiago también, los dos perdidos en ese morbo prohibido que los consumía.
Pero justo cuando estaban a punto de explotar, un ruido los sacó de su trance. El sonido inconfundible del auto de sus padres estacionando frente a la casa. Bianca se congeló, con los ojos abiertos de puro pánico.
—¡Mierda, Thiago, llegaron! —susurró, saltando de encima de él y buscando su ropa a los apurones, todavía goteando de deseo y con el cuerpo temblando.
Thiago maldijo por lo bajo, poniéndose los pantalones a las corridas mientras intentaba calmarse. Ambos estaban sudando, jadeando, y el aire todavía olía a sexo. Pero cuando la puerta principal se abrió, ya estaban sentados en el sillón, fingiendo mirar la tele como si nada hubiera pasado.
—¿Nos ayudan con las bolsas, chicos? —preguntó su madre desde la entrada, sin sospechar nada.
—Obvio, ma —respondió Bianca con una sonrisa forzada, mientras Thiago le lanzaba una mirada cómplice que prometía más de ese juego peligroso. Una vez más, habían esquivado la bala. Pero cada vez tomaban más riesgos, y ambos sabían que no podrían resistir la tentación por mucho más tiempo.
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