Capítulo 1: El Riesgo del Deseo
Bianca estaba recostada en el sillón del living, completamente desnuda, con el teléfono pegado a la oreja. Su piel pálida brillaba bajo la luz tenue de la tarde, y sus grandes tetas redondas subían y bajaban con cada respiración agitada. El pelo corto y moreno le caía desordenado sobre la frente, y sus lentes descansaban olvidados en la mesita. Nadie que la viera con su ropa modesta de todos los días imaginaría el fuego que ardía bajo esa fachada tímida. Mucho menos que, en ese preciso momento, su hermano Thiago estaba entre sus piernas, devorándola con una hambre desesperada.
—¿Bianca, estás ahí? ¿Necesitás algo más del súper? —preguntó su madre al otro lado de la línea, con ese tono de preocupación maternal que siempre lograba ponerla nerviosa.
Bianca apretó los dientes, tratando de controlar el jadeo que amenazaba con escaparse de su garganta. Thiago no ayudaba en absoluto; su lengua se movía con una precisión endiablada, lamiendo su concha húmeda y haciéndola temblar.
—S-sí, má, todo bien… —respondió entrecortada, su voz un hilo de sonido—. No, no falta nada… creo.
Thiago levantó la mirada un segundo, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de burla y lujuria. Era alto, delgado, con el pelo oscuro desaliñado como si acabara de levantarse de la cama. Y, en ese momento, su sonrisa sarcástica era pura provocación.
—¿Segura, hermanita? Porque parece que te falta el aire —susurró contra su piel, antes de volver a hundir la cara entre sus muslos.
Bianca le lanzó una mirada fulminante y le hizo un gesto con la mano para que parara, o al menos bajara el ritmo. Si seguía así, su madre iba a notar algo raro. Cubrió el teléfono un segundo y siseó:
—¡Thiago, boludo, más despacio o nos van a cagar! ¿Querés que nos descubran?
Él soltó una risa baja, vibrando contra su piel, y murmuró sin apartarse:
—Relajate, Bian. Si nos descubren, al menos nos vamos con todo. Además, ¿no te encanta el riesgo?
Ella puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar que un escalofrío de excitación le recorriera la espalda. Volvió al teléfono, tratando de sonar normal mientras Thiago seguía torturándola con su boca.
—¿Estás bien, hija? Te noto rara —insistió su madre, y Bianca sintió que el corazón se le subía a la garganta.
—Estoy… estoy bien, má. Solo un poco cansada, nada más. No te preocupes —mintió, mientras apretaba las piernas alrededor de la cabeza de Thiago para contener un gemido.
—Bueno, terminamos en un rato y volvemos a casa. Portate bien, ¿eh? —dijo su madre antes de cortar.
Bianca dejó caer el teléfono sobre el sillón y soltó un suspiro de alivio mezclado con bronca. Miró a Thiago, que se incorporaba con una sonrisa de satisfacción, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
—¿Sos pelotudo o qué? ¡Casi me delatás, idiota! —le espetó, aunque su voz temblaba de deseo contenido.
Thiago se encogió de hombros, sentándose en el sillón con las piernas abiertas, su mirada fija en ella.
—Vamos, Bian, no te hagas la santa. Sabés que te encanta jugar con fuego. Si no, no estarías acá, desnuda, dejándome comerte la concha como si fuera mi última cena.
Ella frunció el ceño, pero no pudo evitar que sus ojos bajaran a la evidente erección que tensaba los pantalones de su hermano. La culpa y el morbo se retorcían en su interior, una mezcla explosiva que la hacía sentir viva. Se puso de pie, su cuerpo desnudo expuesto sin vergüenza frente a él, y dio un paso adelante.
—Sos un enfermo, Thiago. Esto está mal, re mal. Si alguien se entera, estamos muertos —dijo, aunque su tono no era de reproche, sino de una oscura excitación.
Él sonrió de lado, desabrochándose el pantalón con una lentitud deliberada.
—Entonces asegurémonos de que valga la pena, hermanita.
Bianca no pudo resistirse más. Se arrodilló frente a él, sus manos temblando mientras liberaba su verga dura y caliente. La culpa seguía ahí, punzante, pero el deseo era más fuerte. Se inclinó y lo tomó en su boca, chupándolo con una intensidad desesperada, babosa, como si quisiera borrar cualquier pensamiento racional. Thiago soltó un gemido bajo, su mano enredándose en el pelo corto de su hermana.
—Joder, Bian… sos una diosa. Nadie debería hacerme esto tan bien, y menos vos —gruñó, su voz cargada de un placer prohibido.
Ella levantó la mirada, sus ojos detrás de un velo de lujuria, y murmuró con la boca llena:
—Cállate y disfrutá, enfermo. Esto no debería pasar, pero ya estamos hasta el cuello.
Después de una larga sesión de chupadas, Bianca se incorporó, sus tetas redondas y pesadas balanceándose frente a la cara de Thiago. Sin decir una palabra, se sentó a horcajadas sobre él, guiando su pija dura hacia su concha empapada. Ambos jadearon al unirse, el calor de sus cuerpos mezclándose en un taboo que los consumía.
—Esto está mal, Thiago… tan mal —susurró ella mientras empezaba a cabalgarlo, sus movimientos rápidos y hambrientos.
Él le agarró el culo con fuerza, empujándola más contra él, su respiración entrecortada.
—Lo sé, Bian. Pero mirá cómo nos prende. Si nos descubren, que nos quemen juntos. No puedo parar de cogerte, hermanita.
Estaban sudando, jadeando, perdidos en el morbo de su pecado. Bianca sentía su concha goteando, el placer construyéndose como una tormenta dentro de ella. Thiago gruñó, su cara enterrada entre sus tetas, lamiendo y mordiendo mientras ella lo montaba con furia. Estaban a punto de explotar, el clímax acercándose como un tren desbocado, cuando de repente un ruido los congeló.
El sonido inconfundible del auto de sus padres deteniéndose en la entrada.
—¡Mierda! —siseó Bianca, saltando de encima de Thiago con el corazón en la garganta.
Ambos corrieron a vestirse, todavía sudados, con Bianca sintiendo el semen de su hermano goteando por sus muslos. Apenas lograron ponerse la ropa cuando la puerta principal se abrió. Sus padres entraron, cargados de bolsas, y los miraron con una sonrisa despreocupada.
—¿Nos ayudan a bajar las cosas del auto, chicos? —preguntó su padre, ajeno a todo.
—Claro, pá —respondió Thiago con una calma fingida, mientras Bianca asentía, su cara roja y su respiración aún agitada.
Mientras salían al garage, sus miradas se cruzaron por un segundo. Sabían que habían esquivado la bala otra vez, pero también sabían que cada encuentro era más arriesgado. Y, en el fondo, eso solo los hacía desear más.
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